REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
28 | 04 | 2017
   

Confabulario

El festín


Rosa Martha Jasso

         A René Avilés Fabila

Pasmosa y lentamente, bajo la calurosa tarde, ya avanzada, con una nutrida carga humana, navega por las tranquilas aguas, un soberbio bergantín español. Tras costear por unas horas, vira cautelosamente hacia tierra, donde penetra la corriente amplia y al principio turbulenta de un río bordeado por la selva y donde los cantos de los pájaros y los aullidos de los monos se enlazan y escapan por encima de los árboles en un murmullo compacto y seco hasta perderse. El sol se oculta y al avanzar la nave hacia ningún lado, sólo guiada por el cauce azul verdoso de la corriente, pareciera dirigirse a la bocaza abierta del infierno teñida de un intensísimo rojo. Avanza sin embargo; la noche cae y será mejor resguardarse en algún sitio seguro. Los víveres son escasos y el capitán ha dicho que la parada servirá también para reabastecerse. Es el trópico y este lado de la tierra del Señor está habitada por salvajes sin alma, pero son inofensivos, suelen arrodillarse ante el resplandor de las armaduras y replegarse ante el estallido de los arcabuces. Tras internarse hacia la tierra húmeda y caliente y mientras las copas de los árboles rebosantes de lianas y orquídeas se van cerrando sobre sus cabezas en una especie de techumbre verdosa y perfumada, la tripulación decide detenerse en una lengüeta de tierra, un recodo apacible y despoblado. Fuera, los últimos destellos rojizos se disipan para dar paso a un velo oscuro y denso. Cae la noche. Al interior del barco la tripulación es escasa pero eficiente, ellos y su capitán dominan estos mares antes desconocidos y que ahora horadan con firmeza extrayendo sus riquezas. Son más los pasajeros, viaja del viejo continente un nutrido grupo de condes y marquesas; ociosos, decidieron venir a ver para que no les cuenten y al regresar narrar entre las cortes, cómo lucen estas tierras y sus habitantes. La travesía fue larga y el capitán al mando ha decidido aprovechar la noche para celebrar. Hay suficiente vino y los víveres alcanzan para una buena cena. Un grupo de músicos viene con ellos, dada la alcurnia de los ocupantes. En un abrir y cerrar de ojos, desfilan las charolas con ricas viandas, la música ha comenzado y el vino corre sin empacho. Las damas lucen sus pelucas enrizadas y sobre los pechos voluptuosos y perlados de sudor, ostentan joyas espléndidas que tintinean al danzar. Los caballeros visten sus mejores galas y zapatillas de seda que se suceden en giros y saltos. El ánimo se aviva. Los movimientos van de una armonía pausada, a movimientos eléctricos, salvajes. Las mujeres se contorsionan, los hombres avivan sus deseos y en un instante se rompe la línea divisoria entre el recato y la perversión. Beben todos desnudos y se muestran impúdicos. Los finos ropajes yacen esparcidos por el suelo. Las mujeres gimen, los hombres se agitan. La música llega al paroxismo. Afuera una neblina densa cubre todo. Acallando el sonido de la selva, emerge la estridencia del bergantín, semejando una joya animada y luminosa en medio de la noche. De pronto, un ligero chasquido se escucha cerca, y otro y uno más. Una miríada de siluetas sigilosas rodea el bergantín. Se deslizan, reptan, trepan como insectos por los costados. Se desplazan con rapidez. Los inaudibles pasos se dirigen hacia el interior de una aldea. Empieza la música, corre el vino y desfilan, de una mano a otra, unas enormes hojas sosteniendo las espléndidas joyas perladas de sangre, sobre los senos voluptuosos de las marquesas y también las despeinadas pelucas de los condes, coronando las cabezas cercenadas. El ánimo se enardece. La hoguera aviva su fuego hasta subir al cielo. A lo lejos, cortado de súbito el gozo de hombres y mujeres, el bergantín, tras semejar una joya animada y luminosa, se ha apagado, la orgía ha enmudecido.