REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

Letras, libros y revistas

Guerreros Celestiales 3. Prólogo


Luis Fernando Escalona

Arzabat era el lugar a donde los Guerreros Celestiales iban después de morir.
Estar ahí era como habitar un destello infinito que se extendía sobre sí mismo. No había sonido ni viento. Por arriba, la inmensidad; por debajo, sobre lo que parecía ser el suelo, reposaba una nube, a través de la cual, dos guerreros de luz, cubiertos con ropas blancas, contemplaban Beleabat, el mundo de los mortales. Uno de ellos era un humano; el otro, un hormigo.
—El Imperio del Mar está por levantarse —dijo el mutante—. ¿Crees que debamos intervenir?
—Aún no —respondió el hombre.
—Quizá podríamos anticiparnos.
El humano hizo un gesto paternal y puso, suavemente, su mano sobre el brazo del hormigo.
—Válmik, ¿aún ahora quieres salvar a los demás?
El mutante sonrió al sentirse descubierto.
A sus espaldas, se acercaron tres guerreros, cubiertos por el mismo tipo de ropaje. Uno era un cocodrilo; los otros dos, los que venían detrás de él, eran dos mutantes alados: un águila enorme y un pavo real.
—Estamos listos, Jonathan —dijo el primero.
—Me gustaría ir y ayudar a los guerreros —intervino el reptil.
—Tus amigos estarán bien, Yacaré —respondió el humano—. Ellos deben encontrar sus respuestas.
Jonathan se colocó junto a sus compañeros, de tal manera que quedaran en círculo.
—Kérim, Quetzo —les dijo al águila y al pavo real—, reúnan a los guerreros de luz. Llamen a los siete maestros del templo, a los custodios que estuvieron cerca del Consejo Imperial, y a todos los guerreros menores que puedan y quieran formar parte de la batalla.
Los mutantes alados intercambiaron miradas de sorpresa.
—¿Quiere decir que podemos llamar a todos los combatientes, aunque no hayan sido Guerreros Celestiales? —preguntó el pavo real.
—Sé lo que piensas —dijo Jonathan—, y me encantará tener con nosotros a sus dos amigos caídos en la Fortaleza de Ménelik.
Kérim y Quetzo se abrazaron; por supuesto, se refería a Ania, la colibrí y a Ayan, el cardenal, quienes junto a Quetzo, perecieron en las manos de Áspid, la cobra. En aquella batalla, Kérim había logrado escapar con las alas destruidas por el veneno del reptil.
—Yacaré y Válmik permanecerán aquí a la expectativa de los Guerreros Celestiales —explicó Jonathan y dirigió su atención hacia el hormigo—: Pénril y Yiza necesitarán de tu fuerza.
El hormigo asintió.
—Tu amigo Locus —le dijo al cocodrilo—, requiere confianza para llevar a cabo su misión. Él te extraña mucho.
Yacaré sonrió con pesar. Él también extrañaba a su despistado amigo el Goro, a quien había conocido a las puertas del Templo de Barlak, ahora extinto.
De pronto, el rostro de Jonathan se ensombreció.
—Los necesito aquí cuando termine mi encomienda.
—¿Qué encomienda? —preguntó Quetzo.
Los guerreros de luz miraron con intriga al humano; todos menos el hormigo, quien agachó la cabeza y cerró los ojos.
Jonathan puso su mano en el hombro de Válmik.
—Debo ir al Lugar Sin Rostro. Ahí, hay un guerrero atrapado.
—No estarás hablando de…
—Sí, Kérim —respondió el humano—. Hablo de Báliak, el león albino.
Yacaré se estremeció, pues había sido el felino quien acabara con su vida mortal en la torre de Fángor.
Quetzo desplegó su plumaje verde, alterado.
—Nadie ha regresado del Lugar Sin Rostro —declaró el pavo real—. Ni por ser un guerrero de luz estás exento de ser tragado por las tinieblas.
—La profecía del león albino debe cumplirse —espetó el águila Kérim, con un tono lúgubre en su voz—. ¿Es eso?
Jonathan asintió.
—Hay algo que me intriga —intervino Yacaré con pesar—. La Reina Yunuen me dijo que yo salvaría a Báliak del Lugar Sin Rostro; en su momento no lo entendí, pero ahora… todo parecería tener sentido.
—Y tiene razón —explicó el humano—, por eso necesito que Válmik y tú estén aquí.
—¿Pero no vendrás tú con el león albino? —Le reprochó Quetzo—. No irás a sacrificarte por él, ¿verdad?
—Por supuesto que no.
—¿Por qué, Jonathan? —insistió el pavo real enfurecido, con un halo de luz verde cubriendo su puño—. ¡Báliak hizo mucho daño y ahora tiene que pagar!
—No somos jueces de nadie —dijo Válmik, acongojado.
Quetzo entornó los ojos.
—Es cierto que Báliak hizo mucho daño en el mundo —dijo Jonathan Breeg—. Pero también se arrepintió. Sin embargo, su mal lo llevó al Lugar Sin Rostro y ahora está cautivo ahí. Báliak necesita que alguien lo ayude a llegar a la luz.
—Y ese alguien eres tú —ironizó Quetzo.
—No —respondió el humano sin dejar de sonreír. El pavo real no comprendió—. Yo iré a pelear con el ente que lo tiene atrapado. Cuando Báliak esté libre, Yacaré y Válmik lo traerán hacia la luz.
Aterrado, Quetzo lo miró.
—¿Quién?
—Lo sabes —dijo Jonathan. Yacaré también tenía una expresión de espanto en su rostro.
Quetzo tragó saliva y con la voz temblorosa, lo dijo al fin:
—¿Áspid?
—Así es —dijo el hombre.
Con toda la calma, Jonathan les explicó que Áspid, la cobra, era un llamado de la oscuridad de la Joya, pero había sido opacado por el poder de Báliak. La naturaleza de la cobra siempre había sido malvada: sometió a las iguanas y a los Komodianos de Reptilia; azotó con hambre y calamidades a los cocodrilos; asesinó a hombres, mujeres y niños humanos; y habría gozado con derrotar al león y quitarle su poder. Después de que Yacaré lo venció, su esencia había encontrado un sitio donde podía gobernar a las almas errantes que no encontraban la paz: el Lugar Sin Rostro, y ahí estaba Báliak pagando por sus crímenes contra el mundo.
—Deberíamos ir todos entonces —sugirió Kérim.
—No es necesario —dijo Válmik y todos dirigieron su atención hacia él—. Jonathan sabe lo que hace.
Breeg sonrió complacido.
—El tiempo apremia, mis amigos, y tenemos ya los caminos trazados —dijo el humano para finalizar—. Vayan con bien y que Barlak los ilumine.
Así, los cinco guerreros de la luz se alejaron para cumplir sus encomiendas. Mientras tanto, en el mundo de los mortales, la vida seguía su curso.

Saga Guerreros Celestiales