REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2017
   

De nuestra portada

René Avilés Fabila: mi maestro, mi amigo


César Romero Gabriell

                           Para Iris y Rosario

Todavía no logro recordar cuándo conocí a René Avilés Fabila; o mejor, recuerdo las muchas veces que lo conocí.
Cuando yo era apenas un adolescente cargado de preguntas, conocí al René escritor, cuentista y novelista. Supe que era parte de un “movimiento” bautizado por Margo Glantz como la literatura de la Onda (por cierto que René detestaba ese epíteto por inexacto y tendencioso, y pensar que sólo Parménides García Saldaña se quedó en esa otra onda). El primero de ese grupo con el que tuve contacto fue José Agustín y su Tragicomedia, y tardé poco en descubrir El gran solitario de Palacio, que después me llevó a Los juegos, a Tantadel y a La canción de Odette, para pasar ineludiblemente por Memorias de un comunista y Réquiem por un suicida. En fin, me introduje en un viaje del que nunca saldría y que en ese momento desconocía por completo.
Me sorprendió la claridad y el uso del leguaje. ¿Acaso era cierto eso que decían los “grandes” de que estaban influenciados por los beatniks? No me lo parecía. Estos eran profundamente mexicanos, no al estilo de Rulfo que plasmaba la vida rural, y mexicana, de manera universal; ni como Fuentes que escribió una obra fundamental de transición hacia la literatura urbana. La escritura de René no podía clasificarse así. Era mexicana, sí, pero de un México distinto, igual de oprimido y lleno de desigualdades que antes, un país colmado de posibilidades y de esperanzas, aunque ya no campesino sino citadino. Creo que eso me gustó y es quizá por lo que siempre admiré su trabajo literario.
Luego llegué a la educación superior y vaya que la ignorancia es astuta porque, sin saberlo, decidí estudiar en la Universidad en la que daba clases el famoso René. Ahí lo volví a conocer, conocí al René profesor.
En honor a la verdad debo decir que nunca me dio clases, pero lo escuché en una cantidad considerable de conferencias y charlas que daba para la licenciatura, en especial para aquellos a quienes nos interesaba el periodismo, sobre todo el cultural. Escucharlo hablar era un deleite, no sólo porque era un tipo muy ameno y sus anécdotas eran graciosísimas, sino que enseñaba literatura y periodismo al mismo tiempo, todo mezclado. En un mismo turno hablaba de política y de su pasado en el comunismo para luego regresar a hablar de cultura y de su maestro Arreola. Siempre decía algún chiste irónico sobre las autoridades universitarias o sobre el presidente en turno y concluía con una diatriba sobre el periodismo y la ética del escritor. Siempre hablaba de él, pero siempre se aprendía.
Fue así que también conocí al René periodista, al que había sido director del suplemento cultural El Búho, al fundador del Unomásuno, al editorialista del Excélsior, al colaborador de Siempre!, de Revista de Revistas, de la Revista de Bellas Artes, de México en la Cultura, de la Revista de la Universidad y de Casa del Tiempo. Al asistir a sus charlas y conferencias entendí que René no era sólo un periodista, sino un promotor cultural y que se valía de los medios de los que disponía para difundir la cultura y para darle oportunidad a muchos jóvenes de publicar y de empezar sus carreras.
Después supe que René había ocupado varios cargos públicos, siempre a favor de la difusión cultural. Que había trabajado en el Fondo de Cultura Económica, que había sido Director General de Difusión Cultural de la UNAM y Director del Centro de Escritores "Juan José Arreola" de la Casa Lamm. Además, en ese momento, era el Coordinador de Extensión Universitaria de la UAM Xochimilco (sin pensar que, años después, allí regresaría y que allí se quedaría). Así conocí al René promotor.
Luego, debido a mi cercanía con su hermana Iris, conocí a otro René, a uno más personal. Lo conocí como esposo y como hermano, pero también como un amigo generoso. El día que le entregaron la Medalla Bellas Artes, tuve el honor de ser invitado a festejar en el Sanborn’s de los Azulejos. Ahí le conté una confidencia: que lo admiraba mucho y que quería ser como él, que me gustaría escribir. Su respuesta fue rápida y contundente: “No seas pendejo, ¡escribe!”. Después habló largamente de todo lo que podría hacer, de publicarme o de escribir un prólogo o lo que sea. Me sorprendió su entusiasmo, era como si un Gulliver le tendiera la mano a uno de esos pequeñitos seres que lo rodean. Su generosidad no conocía límites y, por eso René, todavía tengo una deuda contigo.
Al final, tuve la dicha de conocer muchas veces a René, pero no en el sentido de campo-habitus bourdiano, sino en el de la satisfacción de convivir con un ser polifacético y fascinante, generoso y divertido. Conocí a un gran escritor, periodista y promotor cultural. Pero, principalmente, tengo la enorme fortuna de decir que René no fue mi profesor sino mi maestro, pero sobre todo, mi amigo.