REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 03 | 2017
   

Confabulario

El relojero


Rosa Martha Jasso

Para René Avilés Fabila

El sol es abrasador, las calles se entrecruzan sosteniendo con dificultad los edificios. Son antiguos, porfirianos, una pátina grisácea y arenosa los recubre. Las gentes nos hacemos a un lado al aproximarse alguien para ni siquiera rozarnos. Viejos olmos verde oscuro apaciguan el calor a intervalos. Camino sin rumbo, los portones de madera con aldabones de bronce se suceden ante mí. Es la ciudad, abigarrada, brumosa. Adefesios de concreto, se intercalan de vez en vez, entreverados con las casas hermosas, mostrando su fealdad, como niñas chimuelas. Reduzco el paso, tomo aire, miro de frente pero me atrapa una masa de caoba café que está a mi lado, es una pequeña puerta de principios del XIX, sin voltear ya tengo la mano sobre el aldabón y lo presiono. Dos hojas de cristales biselados abren sus fauces. A mis espaldas el día es luminoso y azul. Me hundo tras esa puerta que al cerrarse tintinea, es un sonido milenario, mis pies se deslizan por unos escalones que descienden, así deben sonar las campanillas de los templos budistas, o las que colocaban los viejos campesinos ante sus puertas en la antigua China. La oscuridad me ciega, por el puro contraste con la luz de la calle. No veo. Algo me envuelve, me ensordece, me quedo inmóvil. Un olor penetrante a humedad y yerbas llega a mí. Estoy quieta. Escucho. Es un sonido acompasado, rotundo, metálico, despiadado. Mis pupilas logran penetrar en la oscuridad. Mis oídos se aguzan, mi olfato se inflama. Es un pasillo enorme, largo como las venas de las paredes viejas. Antes de que una luz macilenta me permita ver algo, mis oídos reconocen el tic-tac. Son relojes, decenas, cientos de relojes antiguos anclados en las paredes de ambos lados. Todos palpitan. Los péndulos empecinados se mecen de un lado a otro con un ligero resplandor. La trémula luz me deja ver todo. El tic–tac no cesa su golpeteo, trabajan todos, todos viven y hacen vibrar sus maderas finas. Avanzo lentamente. Números romanos, números metálicos y arábigos están todos puestos a la misma hora, las doce del día. Pero aquí no hay día. Levanto la cara y recorro con la mirada las dos hileras de estos seres atroces. Van a dar las doce. Las manecillas están a punto de colocarse una sobre otra, algunas afiladas, o en forma de flecha. Las doce son y suenan. Me aturden las campanadas en un arrebato gozoso. Es un milagro. Podría morir ahora. Suena el más pequeño que tengo a mi lado, y el de allá y el de allá al fondo, y aquél, y todos los que mi mirada no alcanzan. Es un arrobo, un éxtasis. Mil notas alzando la voz cada una con una musicalidad distinta. El rumor hace vibrar las campanillas de la puerta y comienzo a entreabrir los ojos. A punto de que todo se acalle, poco antes, al fondo del pasillo, aparecen dos pies que más que avanzar se deslizan. Poco a poco empiezo a distinguir a partir del suelo el resto. Unos pantalones de una lana fina ya no vista, una camisa abrochada hasta el cuello y un rostro con un extraño color de piel bajo una calva. No se sabe su edad. Los ojos tienen una luz extraña y me sonríe, extendiendo una mano. Me da la bienvenida. Me dice las edades y el origen de los relojes que continúan su tic-tac. Algunos al dar la hora tocan las primeras notas de alguna sinfonía. Todos funcionan. Él los ha reparado, pero los propietarios nunca volvieron a recogerlos. Me disculpo por la intrusión. No importa me dice. Al lugar no llega nadie. Son hermosos le digo, deben ser valiosos. Vive para ellos, me dice. Darles cuerda y mantenerlos activos toma todo el día. Debo irme. Me alcanza una pequeña tarjeta amarillenta. Me despido y me alejo. A mitad del pasillo el hombrecillo me despide con una sonrisa. Nuevamente las campanillas al abrir la puerta. Ésta se cierra sola tras de mí. Me recibe de nuevo el sol sobre la cara. Cruzo la calle. Me detengo un poco. Qué extraño lugar, qué hombre extraño. Qué gloriosa experiencia. Afuera todo se anima de nuevo. La gente, los autos, la ciudad. Es hora de ir a casa. Antes del primer paso miro al frente de nuevo. Quiero grabar esa puerta en mi memoria y algún día regresar. No lo sé. Fue maravilloso. Pero ¿dónde está la puerta? Sólo crucé la calle sin moverme de aquí. Me detengo en la orilla de la acera. Frente a mí están todas las otras casas, las otras puertas, menos ésa. Una extraña sensación me invade. Cruzo la calle en cuanto puedo. Busco la entrada. No hay nada. Reconozco esta casa y la otra y puedo recordar entre cuáles estaba. Recorro la calle de esquina a esquina, repaso una a una las casas. La puerta ha desaparecido. Un frío me recorre. Mi corazón se agita. Tomo el camino a casa. Vuelvo una vez más el rostro. Pero no hay nada. Ni rastro. Debo estar loca me digo y al volver un poco en mí, descubro en mi mano todavía, la tarjetita amarillenta con olor a humedad y a yerbas.