REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
28 | 04 | 2017
   

Confabulario

Entre dos mundos


Cornelia Păun Heinzel

Al día siguiente, Camelia se despertó como si no hubiera ocurrido nada especial el día anterior. Como de costumbre, Camelia recorría el camino a pie hasta la Universidad, tal como hacía cuando era estudiante. Ella no quería ir en el trolebús. Ella vivía en el Boulevard Central y estaba acostumbrada a llegar rápidamente al centro de la ciudad, donde estaban los edificios de la Universidad. La ruta era tan agradable que ella deseaba soñar.
Entró en el laboratorio, donde la luz se vertía en cascada a través de los grandes ventanales que ocupaban casi toda la pared exterior. Al frente, en las dos primeras filas se habían sentado los estudiantes más mayores. Pronto ella comprendió que ellos se habían colocado así intencionadamente. Probablemente se habían enterado que venía una persona recién graduada de la Universidad. Camelia era menor que algunos de sus estudiantes, no solo porque ella comenzó la escuela a los cinco años y medio, sino también porque había muchos estudiantes que debían ir al ejército antes de comenzar la Universidad. Rubia, esbelta, con figura de muñeca, grandes ojos negros y boca pequeña, Camelia sabía que siempre aparentaba mucho más joven de la edad que tenía. Durante el invierno había encontrado la solución a este problema: Ella vestía con ropa nueva, un tres cuartos de nutria negra y un sombrero de zorro polar.
El curso lo llevó a cabo durante el segundo semestre del segundo año académico. Durante el seminario, ella descubrió que los consejos de su profesor coordinador el Sr. Toia le habían sido útiles. Él le había dicho que debía retener los resultados parciales y finales de los cálculos de los problemas abordados durante el seminario coordinado, con el fin de comprobar la exactitud de sus resoluciones. De esta manera ella ahorraría tiempo y vería si cualquier estudiante había cometido algún error en la tabla. Sabía que solo eligen al mejor de esta especialización, no para ocupar un lugar olvidado de la mano de Dios, porque la distribución en el gobierno era buena, tras finalizar la universidad, la mayoría encontraba un puesto de trabajo en la comarca. Tal vez a hurtadillas y un poco recelosos, como había uno en el fondo de la sala que la miraba de forma impertinente. Camelia hizo como que no le veía y que el tiempo se realizara en las mejores condiciones. Nadie como él tenía ninguna posibilidad de terminar la universidad, si no vas a aprender en serio y saber si sus capacidades intelectuales plantearon satisfacer las altas necesidades académicas.
El curso estaba llegando a su fin, y algunos de los estudiantes que habían permanecido durante éste le habían hecho algunas preguntas. Camelia estaba segura de sus conocimientos. ¿Ellos pensaron que ella no respondería a las preguntas porque se bloquearía? –pensó ella. El Profesor Sr. Toia le había advertido al respecto. Comprobar el cuaderno para los estudiantes que iba a publicar el Sr. Toia por lo que tenía que ir a casa del profesor, donde estaba su madre, tal y como se había dado cuenta.
- Me encantaría una novia como usted para mi hijo –le dijo ella a Camelia- pero es treinta años mayor que usted. Pero si usted lo desea…
Camelia no respondió, como si no se le hubiera preguntado. Parecía una pregunta retórica. El profesor siempre era muy nervioso y hacía crisis. Pero Camelia era una persona alegre y pacífica.
El curso se llevó a cabo en el segundo semestre de segundo curso, dado que era necesario ir al centro donde tenía una oficina, junto al profesor y los demás asistentes que tenía, como una distribución doble del gobierno, en educación e investigación, pero que terminó con la medía máxima, entre los primeros de la universidad.
El sol proyectaba sus rayos juguetones, esparcidos entre las ramas de los árboles, cuando Camelia entró en el centro de la Universidad. Era un edificio viejo, siempre oscuro, le dio la sensación de que penetraba en otro periodo histórico y sus pensamientos volaron de forma involuntaria hacia otras épocas. El contacto con el presente, sin embargo, fue tan rápido que Camelia tuvo la sensación que despertó de un sueño.
- ¡Servus! Exclamó Camelia con satisfacción, mientras abría la puerta de una de las salas de laboratorio llena de computadoras y aparatos electrónicos.
- ¡Te beso las manos! respondió el joven, delgado y moreno que estaba en la habitación.
-¡Aaaahhhhh! Exclamó Crina riendo ahora. Ahora cuando yo había conseguido diciéndole “Servus”. ¡usted responde con “Te beso las manos”! .
Gigi fue recientemente asistente de Camelia en la Universidad y esto se debió al hecho que ella siempre daba la bienvenida a todos los profesores. Era difícil acostumbrarse a ellos, le dijo a modo de saludo como Brasov ¡“Servus”!. Era más difícil con el asistente, Sr. Mihai, que era una figura imponente de más de 1.90 m.
Desde el compartimento delantero, apareció un hombre adulto, con elementos rústicos y rodeaba su cabeza una corona de pelo negro y rizado, vestido con un traje elegante. Era el Profesor Paparnita, el Jefe de Departamento. Cuando lo veía, Camelia siempre pensaba en el traje de campesino de Oas de donde era él, el cual le era más adecuado y podía imaginarlo sin esfuerzo, sonreía mientras lo imaginaba. Ella pensaba si él lo sabría.
-¿Quiere un poco de té? Aquí hay una taza sin dueño, dijo el profesor en voz baja.
Camelia aceptó, pero no necesariamente por el té, aunque el ritual del té fue un momento único. Era como una aceptación dentro del grupo. El profesor se hallaba distendido con ella y otros compañeros en la sala con él y sus dos asistentes, Gigi y Mihai. El profesor tenía una mampara de pie de separación cerca de las ventanas laterales con una puerta francesa, al entrar había una secretaria de aproximadamente 35 años, delgada, con la piel seca y arrugada, el pelo rojo, que estaba en constante estado de efervescencia contrastando con las otras personas más tranquilas.
-Sólo sin azúcar, así podrá disfrutar del sabor del té. Como aprendí cuando estuve en Francia- explicaba Doru, uno de los ingenieros investigadores.
En efecto, el té de rosa de mosqueta, tenía otro sabor sin azúcar en la bebida. Camelia tenía el hábito de tomar el té de esa forma. El café se convirtió en un lujo en aquella época y solo se encontraba si se tenían ciertas relaciones, así que el té de rosa de mosqueta lo sustituyó con éxito. Y de todas formas era preferible a “nechezol”.
Camelia ocupó pronto uno de los ordenadores y comenzó a trabajar. No había una pausa preestablecida por nadie, pero después de las diez, las personas que completaban sus actividades propuestas, salían a la famosa calle de la República donde servían café o pasteles.
Camelia había tomado el hábito de ir a la cafetería donde se podía tomar un café durante el descanso, a veces comer una empanada con queso. Una vez se tomó una empanada con repollo porque su antiguo profesor y ahora colega Mihai le pidió que comprara unas empanadas con col para él. Pero fue la primera y la última vez, después del primer bocado sintió algo duro en los dientes, como metal. Ella sacó con la mano una hermosa espiral de metal extraída de un estropajo de metal para limpiar los platos, pero no se lo dijo a su colega, para no quitarle su apetito, desde entonces nunca había tratado de comer empanadas de col.
En la cabina entró Razvan, como cada día, para dar instrucciones a los estudiantes del último grado para sus proyectos. A continuación recibió la visita del profesor Papornita.
A las diez, cuando ella salió, normalmente para el descanso se encontraba con Razvan en la pausa de la Universidad.
-¡Tomamos un café en “ARO“? –le preguntó él. “ARO” era el lugar más caro y lujoso de Brasov. Por lo general solo era frecuentado por los extranjeros. Camelia sola no habría ido allí. Solo fue a “ARO” con su ex marido.
- Y… ¿Cómo has llegado hasta aquí? –preguntó el hombre perforándola con curiosidad con la mirada.
No podía comparar a Razvan con su ex marido. Era pequeño de estatura, Camelia comparó su peinado con un corte de pelo de monje franciscano. Su ex marido se parecía a Antonio Banderas. Era alto con una estructura deportiva y el pelo negro ondulado. Cuando ellos iban por la calle o a un evento, todo el mundo los miraba con envidia creyendo que era una pareja ideal, feliz.
-Estoy en la distribución dual final de la Universidad. Terminé la facultad entre los primeros –dijo Camelia.
-Estuve en el Colegio “Johannes Honterus” y en la Facultad de Informática de la Universidad de Cluj-Napoca. Tenía una distribución como profesor, después tuve la oportunidad de venir aquí. Trabajo con Dan, el ingeniero electrónico en el grupo de procesamiento de imagen. Realicé el doctorado con Solomon Marcus.
-Podría realizar el doctorado, pero mi profesor coordinador dice que debo esperar –dijo Camelia. Hay muy pocos lugares para los PhD. Tiene que hacer algo nuevo e inusual en su campo. Al inscribirse es necesario destacar los logros originales, publicar muchos artículos científicos y tengo muchísimo trabajo.
Quiero seguir con matemáticas como una segunda carrera, todos mis compañeros de colegio creen que es la facultad donde quiero ir. Yo he sido olímpica en matemáticas, La mejor en matemáticas y física. Hicimos trece horas de matemáticas por semana, más las horas en sábado en los círculos preparatorios para las Olimpiadas de matemáticas en la ciudad y el condado.
Mi madre quería que fuera ingeniero como mi padre, que estudió en la Facultad de Electrónica. Mi padre tenía tres veces más salario que mi madre más bonos por horas extras y como profesor en la universidad y en el colegio. Mi madre terminó la Universidad en Bucarest y eligió distribución en Brasov, en educación y mi padre eligió los Ferrocarriles Regionales en Brasov, a pesar de que quería quedarse en Bucarest, porque era de allí.
-Mi padre está en Bucarest –dijo Razvan. Pero mis padres están divorciados.
-Debo volver a la universidad –dijo Camelia.
Al salir de la universidad un joven salía de una floristería con un ramo de rosas rojas y le dijo:
-Por favor, tenga el placer de recibir estas flores, y se las entregó.
Camelia quedó perpleja al recibir las flores. No era uno de sus estudiantes.
Durante el camino de vuelta a casa, en el autobús, Camelia observó a su ex marido, lo había visto en la estación e iba tras ella, no era la primera vez que iba a su acecho.
En los días siguientes, sabía que tomaba su descanso, Razvan iba pronto con ella.
-¿Qué te gustaría estudiar más? –le preguntó Razvan.
-Es difícil de decir, a los cuatro años ya sabía leer y escribir y hacía “poemas”. Mi abuelo me enseñó. ¡“Escríbeme un poema”! –me dijo una vez en broma mi tío, un investigador de un instituto de Bucarest. “Ahora no tengo inspiración” –le contesté yo muy seriamente. Mi tío permaneció inmóvil. Se preguntó ¿Cómo una niña tan pequeña sabía de inspiración? Para mí, sin embargo, era muy simple. Mi abuelo me habló de los poetas, los escritores, la literatura rumana y universal, sobre su trabajo. Me habló de “Calligrammes”, De Apolinaire, de Voltaire, Jean Jacques Rousseau, Byron, Tolstoi y otros muchos. Pero del que más me habló fue de Eminescu. Me habló de su vida, me recitó sus poemas y comentamos sus pomas, me explicó los aspectos críticos de George Calinescu –continuó Camelia.
-¿Tú leías mucho, no es así?-dijo Razvan.
-Si, hasta que fui a la escuela había leído casi todo los libros de la casa, que eran muchos, casi todos los autores de la literatura clásica. Entre ellos un “Larousse” de 1800 y las “obras” de Corneille y Racine, el libro francés publicado en torno a 1800. Mi abuelo me hablaba de las obras de arte, de las vidas de los pintores y escultores. Tuve algunos libros de esta materia en casa, acerca de Rodin, Rafael, pero, sin embargo, lo que más me impresionó fueron los sacrificios hechos por los investigadores en nombre de la ciencia, contando en un libro su vida y los descubrimientos que habían realizado. Creo que estas personas sirvieron como modelo durante toda mi vida –dijo Camelia, con el riesgo de convertirse en una idealista.
En el aula donde yo trabajo siempre lo hago con gusto realizando ejercicios y problemas de matemáticas de los compendios sin obligación por parte de nadie. Mi madre tenía una suscripción a la Mathematical Gazette, y había resueltos los problemas contenidos en ella llegando a publicar mi nombre como solucionadora de los problemas, pero para obtener la puntuación de resolver los problemas era necesario estar en sexto curso. Yo había aprendido “geometría” en sexto curso porque mi madre había traído un manual de la escuela a casa.
De hecho, siempre fui la mejor de la clase en matemáticas, primero en la escuela y después especialmente en la universidad. En los exámenes en matemáticas obtenía las mejores notas sin esfuerzo, mientras que casi todos mis compañeros realizaban tres o cuatro veces los exámenes para obtener un cinco para aprobar. En uno de los seminarios, el profesor de álgebra diferencial que daba conferencias en la Sorbona dijo: “Eres demasiado buena en comparación con los demás, pudiendo salir a dar un paseo mientras tus compañeros realizan y entregan el examen. Tienes un diez, ¡enhorabuena!”. Realizamos el seminario de “ALGAED” con él. En todos los cursos que yo asistía siempre resolvía los problemas y ejercicios.
-Creo que la conozco -dijo Razvan a Camelia. ¿Está ahora en la universidad?
Camelia iba de camino con el profesor Nadrag, el jefe del Departamento de Electrónica.
-Vamos a tener pronto los términos del contrato de investigación de fabricación de tractores. El Director Adjunto había visto tu presentación en la conferencia, a él le gustaste y me preguntó si podría darle tu teléfono. Es un hombre muy inteligente, dirige una fábrica con más de 10,000 empleados y tiene un doctorado en robótica. Quiere casarse y busca esposa. ¡Ya le di tu teléfono!
Esa noche, Camelia recibió una llamada del Director Banescu.
-Eres la mujer más hermosa que he visto nunca –le dijo- tengo un par de horas en la universidad como profesor, pero el trabajo en la fábrica me ocupa todo el tiempo. Yo trabajo desde la mañana hasta la noche.
Camelia respondió a todas las preguntas de una forma cortés y tímida, porque el profesor era trece años mayor que ella y tenía la sensación que estaba hablando con un profesor muy estricto. El Director estuvo hablando, haciendo elogios y declaraciones de amor durante una hora o dos y a partir de ese día la llamaba todas las noches antes de acostarse.
Al día siguiente, antes del descanso, Camelia pasó por el laboratorio de Razvan para coger un libro de informática.
-¿Por qué estás tan agitado Razvan? –le preguntó Antonio, un colega que siempre se reía con Razvan -¿A quién viste?
Razvan no respondió.
A la salida Joana, la única mujer ingeniera del colectivo, la había estudiado con interés. ¿Razvan tiene ex novia? –pensó Camelia. Hay que decir que solo lo había visto hablar con sus colegas.
En el descanso Camelia salió nuevamente a tomar un café con Razvan.
-En nuestro equipo podrías progresar y satisfacer tus sueños. Yo quería estudiar el proceso de las imágenes y hacerlo ahora –explicó el hombre. Cuando eras pequeña ¿Cómo aprendiste tanto? –dijo Razvan.
Camelia pensó, de hecho en el colectivo donde trabajaba era como los investigadores famosos que había leído tiempo atrás. Todos eran apasionados de sus trabajos, los ordenadores, trabajando todo el día en la universidad, desde la mañana hasta la noche, sin ser obligado, incluso trabajando los días libres, trabajaban por placer. Sin tener estrés ni en el trabajo ni en el hogar. Fueron valorados y respetados por la gente por su inteligencia y por el trabajo que estaban realizando. Porque sólo el 2% de los graduados del colegio podían ir a la universidad, siendo seleccionados para la investigación los más brillantes de este grupo.
-Mi abuelo me enseñó también algo permanente por medio del juego. A los cuatro años yo tenía un insectario y un herbario, donde me escribió el nombre en latín de cada planta cosechada, como Galanthus nivalis para la campañilla blanca recogida en la colina Dealul Melcilor, a los pies de la montaña. Tampa o Scilla bifolia para la violeta del mismo lugar. Mi madre estudiaba entonces la segunda carrera, las “Ciencias Naturales”, así que yo tenía mucho material de lectura. Mi abuelo me enseñó todas las plantas de los bosques cercanos de Brasov –flores, arbustos- y en el campo, cerca de la estación de Brasov, su vegetación específica. Me encantaban todas las plantas y todas me parecían fascinantes, incluso la humilde maleza. Recuerdo que una vez recogí en el campo un puñado de laureles, fascinada por sus flores blancas inmaculadas y mandrágora con su atractivo color violeta-púrpura, de aspecto único, una extraña flor. La abuela cuando los vio en mi mano me dijo que las tirase, que eran venenosas. “Pero son tan hermosas” -dije yo. Sin embargo las tiré, pero en mi mente no podía creer que algunas flores tan hermosas pudieran ser tan nocivas.
-¿Sabes alemán? Yo lo aprendí en el colegio “Johannes Honterus” –dijo Razvan.
-Yo estudié en el colegio “Dr. Ioan Mesota”, que era por aquel entonces el más severo –dijo Crina. Lo llamaban “La Bastilla”.
-Yo hablo alemán desde pequeña con mi abuela, siendo esa su nacionalidad.
Cuando regresó a la universidad, Camelia estaba hablando con Joana. Ella no sabía que esta conversación sería el comienzo de una buena amistad. Camelia era extremadamente buena y educada, pero las chicas y mujeres la envidiaban tanto que ella nunca había podido tener una amiga, ahora había encontrado una chica igual de hermosa e inteligente, que la admiraba pero no la envidaba.
Camelia pensaba en las palabras de Confucio “tu no empiezas una relación de amistad con alguien que no es mejor que tú mismo”. El aforismo corresponde “y para el alma gemela” concluyó ella. “¿Entre los hombres que se enamoran de mí va a haber un hombre más inteligente que yo?” se preguntó. Ella no sabía que el ser muy inteligente, muy altruista, tener un alma increíblemente buena, en el mundo que le había tocado vivir, eran defectos importantes.
Era diciembre, durante toda la noche solo escuchó armas de fuego, nadie durmió en la ciudad. Los anunciaban varios rumores en la radio y la televisión, como que el agua estaba contaminada y no se podía consumir el agua del grifo. Habían disparado a una joven familia de las casas vecinas, los habían fusilado junto a su niño, en la cama.
A la mañana siguiente, sonó el teléfono.
-Soy la señora Pascu, Mi Theodore, un gran patriota fue a la universidad, también debes de ir. Todos los colegas están allí. ¿Por qué no vas Camelia? –le dijo.
Todavía no habían parado los disparos en la ciudad y era muy peligroso ir. De vez en cuando se escuchaba una ráfaga. Camelia viajó a la Universidad con el corazón encogido. Cuando llegó al centro de la Universidad permaneció asombrada. El edificio había sido acribillado a balazos, así como todos los edificios de alrededor, sin embargo no había nadie.
El portero le dijo:
-Nadie llegó hoy a la universidad, señorita. ¡Es la revolución!
Camelia no entendió por qué la madre de Theodore, la señora Pascu la llamó para que fuera a la Universidad. Todavía se escuchaban disparos. Era muy peligroso. ¡Era la Revolución!
“Revolución, un mundo nuevo” – pensó Camelia. “Así que hay personas buenas”. Todas las personas inteligentes que ella conocía eran también personas muy buenas de alma y generosas. “Es probablemente una relación indisoluble entre inteligencia y bondad” –pensó Camelia. Un mundo mejor no se puede hacer con personas malas.