REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

Arca de Noé

La culta polaca


Por Supuesto

La pesardilla
Desde el título, este libro juega con las palabras y muestra que la recomendación de Cicerón: «Enseñar divirtiendo», sigue teniendo validez.
Jugando jugando, con la fantasía de un niño vuelta pesardilla (no pesadilla, porque en su sueño el pequeño no se vuelve insecto como el Gregorio Samsa de Kafka, sino ardilla que va a parar a un laboratorio, en que hacen experimentos los médicos para hallar la cura de la terrible enfermedad que acaba con la vida de los niños mexicanos: la diabetes).
Dos doctores (que en verdad tienen ese rango académico y no son sólo profesionales de la medicina), Andrew Almazán Anaya –médico y psicólogo, especializado en procesos cognitivos– y Siraam Cabrera Vásquez –experto en medicina molecular–, reviven en este cuento una vieja tradición, de luenga estirpe y reconocido linaje: la fusión de medicina y literatura, para producir una obra que cumple con la premisa fundamental de toda pieza literaria: contar una historia cargada de aventuras, intrigas y diversión, pero también aporta el legado de lo trascendente, pues en este caso previene sobre el grave riesgo de la principal causa de mortalidad infantil: la diabetes.
Porque la pesardilla del niño consiste en que vuelto ardilla, es objeto del experimento de la Diabesidad, que lo engorda para provocarle una obesidad que propiciará en su caso la diabetes infantil, mayoritariamente letal.
El cuento, bien ilustrado por el pintor Enrique Iturriaga, no tiene el propósito de aterrorizar al lector infantil, sino de prevenir a los pequeños y a sus padres de este riesgo de la salud pública, que se puede evitar, no obstante la carga genética que se le atribuye a la población mexicana.
El libro será presentado el sábado 18 de febrero, a las 11:30 horas en el teatro Rodolfo Usigli de la SOGEM, sito en Héroes del 47, casi esquina con División del Norte, en Coyoacán, en medio de una fiesta de cultura y diversión.

Dime de qué presumes...
El Día T, el temido Día T, el de Donaldo El Rabioso, el melenudo León de la Metro, al convertirse en presidente 45 de los Estados Unidos de América, soltó un discurso que lo hizo globalifóbico, según el pésimo neologismo del traidorzuelo Ernesto Zedillo, que de arrimado en casa de los Hernández, y tras incursionar en la política, alcanzar de rebote la presidencia del país, rematar en venta de garage los trenes mexicanos, se volvió triste aspirante a yanqui de tercera.
Trump se tornó nacionalista, populista, patriotero, según algunos y arraigado monroista ("América para los americanos"), pero no del estilo continental del imperialista presidente James Monroe (aunque parece que fue John Quincy Adams quien formuló la conocida Doctrina Monroe), sino tan sólo del territorio de las barras y las estrellas. Clamó por revivir la historia que el colaboracionista mayor, Francis Fukuyama, había sepultado hace décadas en su libraco de infausta memoria, El fin de la Historia y el último hombre. First América!, propuso Trump como lema de gobierno, aunque más parece grito histérico de juego de salón.
“Primero yo, luego yo y siempre yo”, por si no lo sabe Trump, es plagio del lema de conducción de todo buen chofer mexicano, que enfrentado al caos vehicular de la capital, no permite que los demás vehículos circulen, si no pasa él primero, usa el único espacio para estacionarse y detiene el tráfico, pues se queda a la mitad de la calle. “Primero Yo”, señor Trump, es una aportación mexicana a su programa de gobierno, si es que tiene alguno. O sea que no nada más violadores y drogas llevan los mexicanos a los Estados Unidos.
Pero, en fin, sobre el patrioterismo de Trump, que quiso hacer historia al proclamar que en lo sucesivo el día de su toma de protesta, 20 de enero, será celebrado en Estados Unidos el Día del Patriotismo, habrá que recordarle un dicho mexicano, aplicable también al tránsfuga ex presidente Ernesto Zedillo, que con sus banderas monumentales pretendió hacer gala de un sentimiento patriótico que nunca tuvo. El dicho de la sabiduría mexicana, es muy claro y aleccionador: "Dime de qué presumes y te diré de lo que careces..."
Entre el Führer de ayer y el de hoy... ... hay semejanzas maravillosas (podría parodiarse una canción mexicana).
De todo se ha acusado a Trump, ese gordo grasoso, que extrañamente ni padece diabetes, ni está en riesgo de algún infarto, con esas lonjas rubias que se carga. De él se dice que es xenófobo, racista, misógino, esclavista, antimexicano, antiislamista, fascista y tal vez hasta se haya deslizado que es pro-nazi, pero no se ha puesto el acento en que puede ser una reencarnación del Führer por excelencia, Adolfo Hitler, cuya Mein Kampf tiene ominosas semejanzas con lo que postula el presidente en funciones de los Estados Unidos, más allá del parecido en ridiculez capilar.
Si el alemán usaba un bigotito digno de burlas y caricaturas, Trump no se queda atrás con la melena de este güero que exalta la supremacía blanca, al igual que Hitler ponderaba la “pureza” aria.
Hitler neurotizó a los alemanes con la promesa de recuperar la grandeza para su país y algo parecido les propone Trump a los de cerebro reblandecido, que se declaran sus seguidores en Estados Unidos. Cabe recordar que Adolfo se asoció con los rusos de Stalin y luego los traicionó, y ahora Donaldo aparece como tovarich de Putin, a quien podría volverle la espalda en el futuro.
La Historia podría repetirse, pero así como en el pasado se le dejó crecer a Hitler y ya cuando se intentó detenerlo resultó difícil marcarle el alto, pues estaba bien pertrechado militarmente, ahora también se le deja a Trump amenazar a países sin poderío armamentista como México, expresar su odio contra mexicanos, islamistas, cubanos, comunistas y otros que no comparten sus confesiones, credos y convicciones. Se consienten estas expresiones de lesa humanidad, tal vez porque como en el poema de Bertolt Brecht, los otros países pueden alegar que no es contra ellos, porque ni son mexicanos, ni islamistas, cubanos o comunistas.
Los hechos parecen repetirse, pero la diferencia estriba en que el Führer aquel, el del bigotito ridículo no tenía a la mano las armas nucleares ahora confiadas a quien se ha identificado como máquina de guerra (machine gun, a la mexicana: ma-chin- gón).

Ya nos emparejamos
–Hay mucha violencia en México. Son muchas las notas periodísticas que registran las muertes dolosas.
–Sí, pero a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, aquí no van los niños armados a su escuela y matan condiscípulos o maestros.
Eso se podía alegar ante la ofensiva del vecino país, que solía denunciar y alertar a sus ciudadanos, para que tuvieran cuidado si se les ocurría visitar México.
Pero tras lo ocurrido en un colegio particular de Monterrey, en el estado que gobierna El Bronco, que fue candidato independiente y ahora, durante su mandato, se han presentado recientemente situaciones que pondrían en duda su capacidad de gobernar, en especial lo referido a este niño quinceañero, que entrenado por su padre para la cacería ya dominaba el uso de una arma de fuego.
Ya se habían presentado barruntos de violencia escolar, con niños que en el Distrito Federal y en otras ciudades habían llevado a los planteles escolares armas blancas (cuchillos, navajas, tijeras) y otras de fuego, que no llegaron a descargar y que ciertamente no han pasado de ser pistolas de bajo calibre y no las metralletas o fusiles poderosos que en ciudades del vecino país suelen utilizar los escolares homicidas.
En la ciudad capital dio origen a la operación Mochila segura, que consiste en la revisión de los objetos que introducen en las escuelas los alumnos y que en su momento fue objeto de críticas de los padres y de los representantes de los organismos de derechos humanos, que consideraron se violaba la privacidad de los niños y sus derechos humanos, no obstante que el propósito era evitar una tragedia como la ocurrida ahora en Monterrey.
La solidaridad de los padres de familia parece corresponder no tanto a la sensatez, sino a la expiación de culpas, pues en muchos casos más se asemeja al consentimiento que a la real protección y ayuda que se debe brindar a los hijos. Como antes los padres fueron autoritarios y represivos, hoy intentan compensar su culpa histórica, aunque a veces se llegue a extremos indeseables.
Una maestra del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) comunicó hace tiempo a esta sección, que un grupo de padres de familia fue a reclamarle que no les dejara a sus hijos la tarea de leer obras de autores como Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez, Martín Luis Guzmán y Octavio Paz, que sus hijitos no entendían, no les interesaban y terminaban aburriéndose y que más bien los pusiera a leer obras que sí les atraen, como las de Harry Potter, Crepúsculo, Los juegos del hambre, Canciones para Paula, 50 sombras de Grey o bien de autores atractivos para ellos, como Dan Brown, Paulo Coelho, Jordi Rosado, Gaby Vargas.
Como la maestra no cedió a sus pretensiones, los papases defensores de sus hijitos acudieron a la Dirección y la maestra fue advertida de que debía acceder a las pretensiones de los padres de familia. La profesora, decepcionada, comentó que si eso quieren los papás, no deberían enviar a sus hijos a los niveles de educación media y superior. El autor de La Culta Polaca lamenta que entre otros factores estos padres contribuyan a que la OCDE sitúe a México con 65 años de rezago en La Lectura y Por Supuesto comparte la indignación de esa maestra, pues si esos consentidores papás dejaran de enviar a sus hijos a la escuela pública, el Erario podría destinar esos dineros para la educación a otros menesteres.
Y cabe suponer que si el Secretario de Educación Pública, el pentavocálico Nuño tuvo unos padres que también intervinieron para que sus maestros no le obligaran a leer, sino que le permitieran simplemente “ler”, por ello es que no aprendió el pobre.
¿Por qué no quieren esos padres que se revisen las mochilas de sus hijos? ¿Para que no se descubra que llevan armas o que ocultan drogas u otros artículos? Videos, por ejemplo, de locos que aconsejan el suicidio o el homicidio, que condenan el estudio, porque no es necesario para ser un triunfador empresario o funcionario de primer nivel. Y otros ejemplos parecidos de la buena convivencia.

Si me lees, te leo
Hace tiempo se hizo conseja popular la aseveración de que el auge de la literatura colombiana, del que sobresalieron en especial Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, se había debido al apoyo recíproco que se daban los escritores sudamericanos, amparados en el lema casi incestuoso: «Si me lees, te leo».
Se leían entre ellos, se apoyaban como colegas, en vez de competir como rivales; sus comentarios no buscaban la descalificación del otro, sino el perfeccionamiento de todos.
¿No será eso lo que hace falta en el México de ahora, cuando va desapareciendo la camada de lujo, de la que emergieron escritores relevantes como José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, René Avilés Fabila, José Agustín, Vicente Leñero, Gustavo Sainz, Alejandro Aura, Parménides García Saldeaña, Elsa Cross, Ignacio Solares, Paco Prieto, que confirmaron la excelencia de sus inmediatos antecesores como Octavio Paz, José Revueltas, Fernando del Paso, Emilio Carballido, Sergio Magaña, Rosario Castellanos, La China Mendoza, García Ponce, Gabriel Zaid, Eduardo Lizalde, José de la Colina.
Hoy han desaparecido muchos de ellos y no se advierte en el horizonte literario una renovación que esté a la altura de lo que se está perdiendo. Hay destellos, como Juan Villoro, Enrique Serna, un vacilante Jorge Volpi, un inconstante Flavio González Mello, un brillante Eduardo Langagne; un aislado Christopher Domínguez Michael; un más promotor que autor, Paco Ignacio Taibo II; un par de mujeres narradoras, pero también comunicadoras, Rosa Beltrán y Mónica Lavín. Pero no forman grupos bien integrados, como los primeramente citados.
Se sigue hablando, hoy como siempre, de mafias, sectas, pandillas, a quienes une más la ideología política o social que la tendencia literaria o el credo artístico o siquiera la polémica nutrida de genio combativo, que en otros tiempos se dio.
¿No hará falta, más allá de las pretensiones becarias o las premiaciones tan buscadas para asegurar el bienestar económico, que se estimule una comunidad lectora capaz de hacer el reconocimiento abierto de las cualidades literarias del otro? Murió René Avilés Fabila y hasta de un Establishment que no correspondió a sus intereses promocionales, recibe merecidos homenajes, pero el más importante que es el de la lectura de su obra fantasiosa, creativa, amorosa y polémica, se le regatea. Su literatura tiene menos lectores de los que merece, porque la envidia de los colegas no le prodiga las recomendaciones que convertirían en legión a sus lectores.
Otro escritor, menos popular y famoso, es Mauricio Carrera, que justamente ha ganado numerosos premios de narrativa, como buen cuentista y novelista que es, pero tampoco cuenta con la cauda de lectores que hallarían en su obra ese relámpago de ingenio, inteligencia, lenguaje figurado y humor, que quizá andan buscando en libros de extranjeros, muy publicitados, pero ajenos a lo que un lector postmoderno, de habla y lectura hispana buscaría.
Sin chovinismos, ni xenofobias, hay en México autores que merecen el galardón de ser leídos de cabo a rabo, si por lo menos el lector intentara una probadita de sus capacidades.

Las míticas lecturas para niños
Durante años se ha engañado a los niños con la idea de que existen escritos que se habían preparado para ellos y que sólo hacía falta encuadernarlos y hacer con ellos volúmenes de lecturas para niños.
Y de esa manera, lo mismo se envolvieron en tapas duras o blandas fábulas con moraleja, que parábolas aleccionadoras, leyendas aterradoras, en sí ejemplos educativos de una pedagogía pedestre, u obras que alguien supuso podían ser de utilidad para la formación moral o cívica de los pequeños.
Y así pasaron a la historia recopiladores de historias de trasmisión oral, como los hermanos Grimm o el señor Perrault o lectores empedernidos, cuyos gustos quisieron imponerlos a los pequeños y les enjaretaron desde la Ilíada hasta pasajes bíblicos, antiguas muestras de literatura india, china, egipcia, árabe, mitos fundacionales de no fácil comprensión, con que aburrían a los niños, a quienes se castigaba por fracasar en lo que llamaban “lectura de comprensión”.
Poemas herméticos, esotéricos, de recargado simbolismo, de vocabulario especializado, u obras narrativas que requerían de un contexto histórico y geo-político, que no estaban en condiciones de proporcionar los profesores, formaron parte durante años del acervo literario infantil.
A Swift, que odiaba a los niños, que odiaba a todo el mundo y terminó sus días en el manicomio, se le hizo autor para niños por uno de los viajes de Gulliver (el que lo llevó a Liliput). Y al aburrido y notarial Julio Verne, se le agregó a las obligadas listas de autores para niños; y otro tanto ocurrió con el variable señor Kipling, que podía hacer gala de humor o manifestar su flema británica.
Otro metido con calzador a los libros para niños fue Emilio Salgari, aunque siempre decían los autores, ya profesionales, que habían avivado su imaginación con las aventuras de Sandokán.
A Vasconcelos (que de niño aprendió con su madre a quemar libros), a quien se ha tenido por un gran promotor de la lectura, se le ocurrió encargar a la poeta Gabriela Mistral, hacer una antología de textos para niños y así la bien intencionada chilena armó un mítico doble volumen de «Lecturas Clásicas para Niños», que sin explicación alguna recetaba a los escolares –seguramente para complacer las aficiones indostánicas del Secretario de Educación–, ejemplos de textos sagrados de la India, como los vedas y el Ramayana (que luego en apéndices destinados a los profesores intenta hacerles comprender a los profesores, aunque termina remitiéndolos a un libro de Vasconcelos). Hay en el primer tomo un paseo por la literatura del Oriente, el Medio Oriente y el Lejano Oriente, además de ejemplos de los clásicos griegos y los hebreos (la Biblia, en concreto). Y en el segundo tomo, se ocupa doña Gabriela de la literatura de otros países, de España, pero no de Hispanoamérica y ya sin el apéndice misericordioso para los maestros, les suelta El Quijote de Cervantes, sin glosa alguna, como para que se hicieran bolas alumnos y profesores. Porque, a ver ¿qué se puede entender del primer párrafo del Ingenioso Hidalgo?
«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme (¿y entonces para que tituló así a su novela y por qué repite tantas veces en la obra ese nombre?, podrían preguntar los niños), no ha mucho vivía un hidalgo de los de lanza en astillero» (¿qué un astillero no es un lugar donde se reparan o construyen los barcos? ¿Qué caso tiene que un caballero deje allá su lanza, no debía traerla consigo?, otro sagaz niño pondría en predicamento al profesor y tal vez a la misma poeta, que no incluyó dos sencillas explicaciones).
1. De lo que no quería acordarse Cervantes, no es de La Mancha, la llanura española, sino del Canal de La Mancha, donde perdió la "Armada Invencible" y empezó a derrumbarse el imperio español.
2. En los tiempos de la Caballería, el astillero era una especie de estuche, de cuero o de madera, que se adhería a la silla de montar y en el cual se guardaba la lanza, mientras el Caballero no tenía necesidad de ella para atacar malandrines.
¿De veras se creyó alguna vez que así-como-así le podrían hincar los dientes a esta mítica obra del vasconcelismo-mistralismo? Y la siguen citando, quienes no la han leído, como un real monumento a la promoción de la lectura. Dinero despilfarrado, como siempre, porque se dice que hubo un tiraje impresionante, miles y miles de ejemplares. Aunque quién sabe si en realidad se imprimieron tantos (de la misma manera que el tiraje de los libros vasconcelianos no fue tan alto como él presumía).