REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 02 | 2017
   

Arca de Noé

Hay de Olvidos a Olvidos…


Mario Náder Pineda

Últimamente, no sé si por mi venerable edad, he comenzado a perder en mi intrincada memoria algunas cosas que son relativamente importantes para la vida diaria y otras que definitivamente sí lo son.
¿Dónde dejé las llaves? ¿Dónde está algún papel o documento?, ¿Ya saqué dinero del cajero? ¿Cargué gasolina al auto? ...y así, un diluvio de cosas que antes recordaba con prontitud, pero que ahora requieren de un verdadero ejercicio de buscar en los archivos mentales porque no logro recordarlas con rapidez.
Vamos arribando al séptimo mes de haber adoptado a la Baranya, perrucha de talla media, resultado de una mezcla entre pointer y dálmata, que se ha adaptado formal y consecutivamente a nuestra forma de vida, y tomen en cuenta, que la vida de los periodistas no es fácil, hasta sus perros sufren, pero ella es estoica y como dirían en esta patria mía “aguanta vara”.
Cada día le sacamos a pasear por lo menos tres veces cada día por los parques que rodean nuestro rumboso domicilio, para que haga ejercicio y dilapide sus efluvios que puntualmente recogemos.
Eventualmente aprovechamos estas oportunidades para realizar compras que requerimos para los tripartitos hogares de la Roma y Tlalpan (esto porque los conformamos la señora que dice que es mi esposa, la perr-hija de avellanados ojos y el que teclea esto alegremente), y es que siempre hay algo que se debe comprar.
Resulta que hace unos días, luego de un largo paseo por la plaza Rio de Janeiro me dirigí a un pequeño supermercado para adquirir una serie de implementos con los que elaboraría unas lentejas estilo español (que no es por nada, pero que me quedan para re chuparse la cuchara).
Una vez recolectado y pagado todo lo que necesitaba, me dirigí al noble aposento familiar para guisar frente a los fogones.
Luego de caminar media cuadra me dije: “yo traía algo en la mano”: ¡méndiga memoria!; ¡era la Baranya!, ¡la olvidé! ¡Se quedó amarrada en la jardinera!, y ahí voy en friega para rescatarla; en cuanto me vio, la perr-hija comenzó a mover alegremente el rabo y me brincaba feliz mientras la desataba.
Tuve que reclamarle: “¿Por qué no ladraste cuando me viste salir de la tienda?”, pero sus ojos eran sólo de azoro y supongo que cuando me vio alejarme sin ella simplemente se preguntó: “¿Y a éste güey qué le pasa?”.
UN ÚLTIMO CHAPUZÓN: ¡Llego a perder a la cuadrúpeda, y la señora que co-participa conmigo en su crianza sin duda me agarra a batazos!