REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2018
   

De nuestra portada

El poder está en el aire


Hugo Enrique Sáez A.

1. De castillos y aldeas

Los miembros de mi generación, es decir, quienes estábamos en la lucha política hacia la década de 1970, creíamos que pronto llegaría el socialismo como fruto de los movimientos populares en que participábamos. Sin embargo, parece que en breve plazo nos encontraremos a la vuelta de la esquina con el retorno del feudalismo en las relaciones sociales: por una parte, los señores viviendo en sus castillos blindados, y por la otra, una inmensa mayoría heterogénea de siervos sometidos en aldeas miserables construidas por los medios de programación de masas. Muy heterogénea es la composición de estos últimos, entre los que se pueden hallar siervos rebeldes al yugo de los señores autoritarios y conservadores; también pululan los resignados de siempre; otros dedicados a vagar sin recursos ni empleo; algunos se alistan como guardias para reprimir a sus congéneres; hay quienes apuestan al crimen y al abuso como mecanismo de supervivencia, mientras que la seducción del sexo aplaca los ánimos de una mayoría.
¿Por qué “feudalismo” en medio de políticas capitalistas neoliberales? El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Juan Rosell, declaró (17/05/2016) que el trabajo “fijo y seguro” era un concepto del siglo XIX y que en el futuro “habrá que ganárselo todos los días”. Según informa el diario El País (13/10/2015), “la riqueza del 1% de la población mundial alcanzó la mitad del valor del total de activos”. Por un lado, el sistema pretende convencer a la población de que la competencia es la clave del éxito; asimismo, insta a que cada uno se convierta en “empresario de sí mismo”. Por otro, la concentración de la riqueza en corporaciones transnacionales torna salvaje la competencia entre las clases sociales subalternas, a fin de que disputen una parcela de supervivencia sujeta a órdenes superiores. Las parcelas varían en tamaño (desde limpieza de oficinas a pequeñas y medianas empresas pasando por actividades profesionales) y sus beneficios dependen de los grandes señores. El tributo que se extrae de los productores se llama impuesto o bien el inicuo salario mínimo.
Intentaré explicarme con mayor amplitud. El inteligente análisis de Saskia Sassen nos mostró que las fronteras políticas marcadas en los mapas geográficos mienten, si interpretamos que el Estado nación es la unidad que delimita a las sociedades consideradas en su interior. Que los mexicanos están regidos por una constitución y gobernados por un Estado que detenta el monopolio de la violencia legítima. Y que así sucedería con todas las naciones soberanas en el mundo del siglo XXI. ¿Y los amos del narcotráfico que controlan el 80% del territorio en México? Ambas son premisas falsas. Vamos por partes. El Estado nación se está desvaneciendo a favor de la hegemonía ejercida por las relaciones económicas internacionales que detona la libre circulación de mercancías y capitales en el planeta, de modo que hablar de economía nacional o producto interno bruto sólo tiene un valor contable y no refleja la presencia creciente de lo global en lo local.
“He teorizado esto en términos de la red de ciudades globales, donde el crecimiento económico de éstas es, en parte, una función de dicha red. Por ejemplo, el crecimiento de los centros financieros de Nueva York y Londres se ve impulsado por los flujos de la red mundial de centros financieros, flujos que han aumentado muchísimo con la desregulación de las economías nacionales. Las ciudades que ocupan las posiciones más elevadas de esta jerarquía global concentran las capacidades para maximizar su captación de la renta, por así decirlo.” (Sassen, Una sociología de la globalización: 130-131)
Mediante la acción de diversas organizaciones internacionales (FMI, OCDE, la OMC, el G8, las reuniones de Davos) y la incorporación de los países más pobres a acuerdos de “integración” económica (TLCAN, por ejemplo y el aterrador Tratado de Asociación Transpacífico), las leyes de la economía neoliberal colonizan a las leyes constitucionales y eso ocasiona un caos social, político, económico y cultural en el que la gente actúa con la divisa 'sálvese quien pueda' o pidiendo una mano fuerte en el gobierno, como la que ofrece Trump en Estados Unidos. Los mismos ricos que han generado la desigualdad se presentan como restauradores del orden.
Luego, el nuevo orden político internacional no se percibe siguiendo los puntos y las rayas de los mapas políticos; al contrario, el nudo del poder se halla asentado en 40 ciudades del mundo (por ejemplo, Nueva York, Londres, Shanghái, Berlín; mientras que Ciudad de México y Sao Paulo en Brasil son las únicas consideradas en América Latina). Desde los edificios corporativos (“inteligentes”) ubicados allí se controla la economía mundial mediante la base de operaciones que brindan las herramientas de las más avanzadas tecnologías informáticas y de comunicación.

2. Los drones son sicarios impunes

Marx llegó a plantearse con ironía que si los empresarios capitalistas descubrieran la forma de vender el aire, lo harían. Y ya lo lograron, sin que tengamos plena conciencia de este fenómeno. De hecho, las redes telemáticas (fusión de “telecomunicación” e “informática”) han invadido el aire y han posibilitado el surgimiento de un nuevo tipo de poder que Javier Echeverría lo asimila a una nueva edad feudal, por la analogía de que los señores de la tierra en el medioevo serían equivalentes a los señores del aire en nuestros días. En esas redes se mueven las redes sociales (como Facebook y Twitter), las redes científicas (las diez universidades más poderosas del mundo ejercen la gobernanza en esta materia), las redes militares (imprescindibles en la guerra de Iraq para atrapar a Saddam Hussein), las redes financieras (que ocasionaron la crisis de 2009 y protegen los “paraísos fiscales”), las redes industriales y comerciales, las redes de organizaciones civiles (en las que se insertan las ONG). Casi se puede afirmar el establecimiento de un continente impalpable que brinda la plataforma para ejecutar acciones diversas, como es el caso de utilizar drones que bombardearon objetivos civiles en países como Siria e Iraq, con el pretexto de eliminar a presuntos terroristas del Estado Islámico.
Sobre el primer entorno, la Tierra, se montó el segundo entorno, las ciudades, mientras que las tecnologías de la información y la comunicación se han encargado de instalar el tercer entorno, no territorial, en que se absorbe a las sociedades mundiales. El dominio del espacio, también en el sentido de navegación, garantiza el poder mediático, que se halla en disputa por distintas empresas (Apple, Microsoft, Google). Ahora bien, los medios de comunicación dominan a los políticos sometiéndolos al espectáculo, y estos personajes programados dependen a su vez del sistema financiero, sin el cual no se llega al gobierno.
A veces se afirma que los millones de individuos que pululan por el espacio cibernético representan una democratización de la información y una posibilidad de ampliar el capital cultural de las personas. No obstante, el acceso requiere cierto capital económico (el robo de celulares se explota como negocio para vender más baratos esos artefactos); en segundo lugar, los consejos de administración de las empresas son anónimos y dictaminan qué contenidos son dignos de publicarse; tercero, el espionaje político y empresarial está al acecho de los miembros de la red; cuarto, y no último, los sitios exitosos arrojan mayores beneficios publicitarios. En suma, el poder de decisión del usuario es muy restringido a ciertas funciones, por lo que se convierte en un súbdito de muchos señores: whatsapp, Twitter, Facebook, Google. En cambio, los titulares de grandes empresas o los políticos enriquecidos al amparo de cargos oficiales se hallan en condiciones de esconder sus fortunas, como en el caso de los Panama papers, evadir impuestos de la hacienda pública y al mismo tiempo exigir el recorte de fondos orientados al rubro social.

3. La multiplicación de las identidades

Al mismo tiempo que se desvanece el Estado nación, también se transforma la identidad de los individuos, que solía centrarse en la patria de origen. No obstante, continúan existiendo movimientos ciudadanos nacionales que se manifiestan en un principio por la indignación frente al abuso, la corrupción, el autoritarismo, la miseria, el crimen, la impunidad. En la actualidad, rara vez se cometen masacres a mansalva como la ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas allá por 1968. Se tolera que en las marchas se insulte a las autoridades, las cuales permanecen pasivas y calladas frente a la protesta callejera, aunque en este espacio público ya no reside el poder. Apuestan al cansancio de las multitudes, que en un lapso determinado acaba venciéndolas. Recuérdese que en septiembre de 2016 se cumplirán dos años de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y los apoyos a sus familiares se han ido diluyendo.
Como dice Javier Echeverría, ahora ya no se nace en un territorio físico que ostenta una bandera como símbolo identitario; se nace en los medios electrónicos, y son los padres quienes entregan en adopción a sus bebés al sumergirlos en Tablets y celulares, por considerar que es una buena oportunidad de educación. Esta inédita situación cultural ofrece la posibilidad de asumir múltiples identidades, suplantar identidades, crear identidades falsas para engañar en el plano sexual o bien para efectuar secuestros virtuales, y los usuarios más hábiles se convierten en hackers anónimos. Entonces, ya no es posible plantear la educación en términos de escuelas tradicionales, sino enfrentar el reto de configurarlas teniendo en cuenta la coyuntura real por la que se atraviesa, como lo plantea el autor mencionado.
“Yendo a la educación, quienes marcaban las mentes en el medioevo europeo eran los sacerdotes, la familia y los vecinos, hasta que la revolución francesa, tremenda, con miles de muertos, instituyó la escolarización obligatoria y un Estado laico. Eliminó el poder religioso del ámbito educativo, arrancó a los hijos de las familias y los vecinos determinadas horas del día y los llevó a la educación pública. Hoy en día los procesos de aprendizaje se hacen a través de la red, la televisión y los videojuegos. Los padres y los maestros ni se enteran. En lo que a los niños les interesa de verdad, saben bastante más ellos que los profesores. Por eso no los respetan. La inversión del conocimiento en el ámbito educativo tiene consecuencias tremendas. En la escuela se mantiene una educación que a los chicos y a las chicas les interesa muy poquito. Encima en España se les prohíben los móviles en las aulas. Es como prohibir el futbol o el hablar. Instituir la prohibición de cosas que los chicos y las chicas quieren hacer en el tercer entorno no es la vía. Se aprende más en el tercer entorno que en el primero o en el segundo. La inmensa mayoría de los niños empieza a saber lo que son los animales y las plantas a través de la televisión o de internet. Son nativos digitales, su mundo es ése.” (Entrevista a Javier Echeverría, en el periódico Página 12, 16/05/2016).
Aun cuando no se emiten mandamientos estrictos en esta nueva religión del dinero, el lema que pronunció el barón Pierre de Coubertin al inaugurar los Juegos Olímpicos en 1896 combina sin modificaciones con la pulsión capitalista por la productividad, la competencia y la acumulación en todos los órdenes de la economía, la sociedad, la cultura y la política. Citius, altius, fortius fue la conocida locución latina a la que apeló el fundador de estos eventos deportivos; es decir, “más rápido, más alto, más fuerte”. No se trata, como es obvio, de una declaración de fe sino de un enunciado performativo, en el sentido que le otorgó Austin a este tipo de frase: es un juicio que al expresarse realiza el hecho. En la sentencia “El jurado lo encuentra culpable”, no cabe la consideración de verdad/falsedad; anuncia la acción que se ha decidido llevar a cabo. Así, en el capitalismo existe la obligación performativa de trabajar para producir cada vez más.
Por último, ¿por qué “el poder está en el aire”? En principio, la expresión se emplea cuando se intenta reflejar una coyuntura política en que el poder no se inclina con claridad en un sentido o en otro. En este artículo se alude a que el poder se ocupa de conquistar el aire, ese espacio por el que transitan ondas invisibles que condicionan conductas muy materiales.