REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 06 | 2018
   

Confabulario

El poemuralismo como junción del río sangre y la patria lacustre del ser humano


Josué Sansón

     Para Roberto López Moreno, que de sus estancias en el fuego nos trajo el ábrara, nueva primavera de los pueblos

I

La alborada comienza y no cesa de terminar con la columna de los muchachos, discreta sensemayá, conjurando el vuelo obsceno de cierto aguilucho tricolor que se obstina en presentarse como Historia ante el río donde no es posible beber dos veces en el mismo efluvio. Por algo habría que redoblar el aglomeramiento marcial de los músculos, para que la columna se desplazara ataviada de pípilas losas cual mural donde todos los picos que otean en el cielo fueran convenientemente destrozados. Es que somos una piedra que camina.

II

Cuando Roberto López Moreno inauguró vuelos de tierra en La iguana y el colibrí, adivinó que la mueca de nosotroslosrojos transidos por la llaga, habría de trocarse en sonrisa si aprendemos a habitar la fusión-disyunción entre la recia epidermis del saurio y el invencible palpitar del colebrí. Sí camaradas, hermanitos, la tormenta invoca horadar el pensamiento político nacional para que el aguilucho tiemble por fin ante las potencias de nuestra sierpe y la iguana siga reptando sabiamente las regiones que anteceden al artificio republicano del mapa, a su jodido prurito por la uniformidad semántica.
El que tiene la casa, tiene la fuerza y puede organizar casi todas las dermalgias terrestres, las horizontalidades cundidas de deseos. El tiempo, más allá de sus tentadoras urdimbres, está de su lado. Dice Don Roberto, lacónico por profundo: “La iguana es la representación del tiempo”. Añadiríamos, convocados por él, de nuestro tiempo nuestroamericano. Nuestra América de Martí, es una interpelación al tiempo:

Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos.

Tiempo que acosa al tiempo que lo otea desde abajo y se revela como una afirmación incontestable.

III

Sin embargo, el colebrí a veces flamea a destiempo cuando el río sangre desborda al reloj, tanto como el ave deviene del saurio después de la lluvia preñada de meteoros. Una idea enérgica que no se ayunte decididamente con la frase incandescente en el tálamo de los bruscos cambios, puede desatar la ruina. ¡A cuántas ruinas hemos asistido cuando quedamos atrapados en el sino de la repetición, en la ficción de la frase magnífica, atrayente y embriagadora!
Todo parece revelar que la iguana en su sapiencia telúrica, en los trazos de su reptar que en sí mismo es un cambio, viene a dotar de horizontalidad a la frase, a la arenga, para que pueda inaugurar su vuelo. El colebrí es la imaginación de la tierra, la sapiencia “se eleva a ser en las rutas del aire”. El olivo del verde se encuentra con la roja vertical del universo nuestro americano: habría que denotar que no se trata de ejes cartesianos acuerpados en el signo, sino de cortes que procrean llagas en el nudo centrífico del águila y la serpiente.

Existe un poema. Existe un poema, vivo, como
todos los que están escritos sobre las páginas diarias
de la vida, idioma renovándose. Es un poema pronunciado
por los labios de un líder agrarista mexicano, Emiliano
Zapata. Cada vez que la mente se asoma a tal poema hay
un estremecimiento de piedras y de estrellas que recorre
por el intermedio eje de la carne. ¿Cómo puede ser posible
que una sola línea diga tanto a la emoción y a la realidad
de la que ésta nace? ¿Que las ocho letras de la frase
alcen al viento el poema más cumplido? Zapata dijo
su verdad en la asamblea revolucionaria, la gritó en boca de
los suyos, y ese poema nos ha de repetir en los ecos
verídicos de la tierra:


He venido a decir que el pueblo existe.

IV

Hay un poema que nace antes y después de los cortes, que nace en el ábrara como gozne de lo último con lo primero, acontecimiento de lo que se mueve, vive y combate. El ábrara no es la deflagrancia en tanto la posibilita, la preña, liberando el espectro angular seminal donde el entuerto se desploma y la Casa del Colebrí emerge. Y Don Roberto, maestro albañil de esa morada, le hace pasar un río llamado poemuralismo: forma de formas, juego de juegos como disposiciones que unen dos polos que sin separarse puedan ejercer el movimiento de las primaveras donde hemos de conocernos como quienes van a pelear juntos. El río sangre es entonces un mosaico de sangres nombrado así por Mario Payeras en sus días de la selva, cuando ejercía el oficio de aduanero de estrellas en el Ixcan y habitaba la poética de los canarios. En el río sangre se habla la lengua protoplasmática de Martí, junción del poema y el ensayo según Unamuno, para andar ebrios de luz y sedientos de pelea. El poemural es un río de la memoria donde dialoga lo lacónico y lo críptico, lo bravío y lo conspirativo, tal y como en la lengua esperpéntica de Valle-Inclán. En el efluvio de ese río, anda inconmensurable el libro del tiempo que conocemos como Pop Wuj y nada hacia el sol Temilotzin, el responsable militar de la enorme flor de piedra tenoch que vino a hacer amigos aquí. Poe-mural, río convencional y figurativo, equívoco hasta la comisura del símbolo donde hemos de conocernos. Por algo Siqueiros, en esa nuestra única ruta, incitaba “voces nuevas, pues, las voces nuevas, de una plástica integral que sólo pueden ser emitidas por gargantas nuevas”.

V

El río es polifonía, poliexpresividad, que resiente las comillas, autografías, cursivas, heces al pie. Reposa en la patria lacustre del colebrí, donde todos estamos convocados a nadar en procedimientos parentéticos donde la sustancia y la energía hacen posible la poliexpresividad donde “pensar es servir” como canta el dulce axioma martiano. Gracias a Don Roberto, hoy entendemos que el que tiene la casa tiene la fuerza para servir, tiene espacio lacustre donde flota una relación de alas, los goznes generacionales. Relación que recupera lo que nos pertenece, privilegia el turno del ofendido, afina el rencor magnífico de nosotros los Caralampios, amplifica el estruendo de los otros que nos llaman, hace arder triángulos y trinidades, motiva surianas rebeliones, devela lo complejo en lo lacónico de raigambre vietnamita, armoniza los cantos en el puerto, pertrecha a los dipsómanos con inéditos deseos, propone soles únicos para después defenestrarlos en los litorales de tiempo…

Es a veces necesario, Arquiloco poeta,
que el escudo se fastidie,
no importa, filo de Paros,
de otro mejor ya nos haremos.
El pueblo es uno, y su valor sagrado,
en cambio,
la pólvora de su enemigo
siempre padece la humedad del miedo.
Si entre las ropas de un cadáver
florece la palabra “Libertad”,
ese puño de arterias desangradas
no está muerto,
sigue siendo el pueblo,
y está ahí para sembrar la tierra.

Todos los pueblos son el pueblo,
he ahí nuestra patria roja y vasta.
“¡Adelante, adelante el tejedor!
¡Corre sin miedo, tela mía!”
El tiempo es el espacio en el que
se desarrolla el hombre
para tomar el cielo por asalto.


VI

Rechinemos pues los dientes y que la piedra cante.


San Nicolás Huexotla, 15 septiembre 2015.