REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 01 | 2018
   

De nuestra portada

Bruselas, crónica de una barbarie anunciada


Benjamín Torres Uballe

Apenas han transcurrido cuatro meses desde la barbarie desatada en París el año pasado. La profunda y dolorosa herida aún está en carne viva. Los muertos caminan con sus lamentos, asidos de la mano y el ánimo apesadumbrado de los parisinos, bajo el acorde fúnebre de las notas musicales del Bataclan y el amargo café inconcluso mezclado con balas y sangre que todavía huele al odio irracional que socavó lo más esencial del hombre: la libertad.
Hoy, esta macabra historia tuvo su segundo capítulo en la capital de Bélgica. Para el rencor, la sinrazón y el fanatismo, las muchas víctimas siempre serán pocas y ninguna. El abominable monstruo del terrorismo se alimenta de la vida, de la libertad, de la alegría y las vuelve un páramo donde nada vuelve a florecer, excepto el desprecio y el deseo inextinguible de venganza.
Muchas son las mujeres, los niños y los ciudadanos inocentes que perdieron la vida o salieron heridos en Bruselas sin saber el motivo de ello, sin haber visto jamás a sus verdugos, a esos con los que compartían el cielo belga y estos se beneficiaban de todo aquello —mucho o poco— que ese país les ofreció. Ahí radica la maldad e incongruencia de quienes, en nombre de una religión, masacran al que se ponga enfrente, pues insaciable es la ceguera y la estupidez en la que viven.
En Europa se sabe del riesgo constante a que están expuestas las naciones que la integran. Los ataques terroristas han dejado de ser una amenaza para convertirse en dantesca realidad. Por ello, resulta condenable la acción dubitativa de los países de la Comunidad Europea para enfrentar decidida y contundentemente a las bestias apocalípticas que hacen del terrorismo su dogma. No existe argumento creíble en que se puedan esconder Alemania, Francia, Italia, España, Holanda, incluso Inglaterra (sin pertenecer a la Unión Europea), para justificar la tibieza de su inacción.
Lo que hemos escuchado luego de los demenciales ataques en Estados Unidos, España, Londres, París y Bruselas ha sido una cauda de discursos baratos, demagógicos y oportunistas de los respectivos gobiernos: “No escaparán de la justicia”, “no habrá lugar en el mundo donde puedan esconderse”, “el terrorismo no nos vencerá”. Son algunas de las frases prefabricadas que, lejos de contribuir positivamente, terminan por ser graves ofensas sistemáticas.
Todo mundo podría haber adivinado que el siguiente país en la lista del terrorismo islamita era Bélgica. Lo que esa nación representa para los europeos —y el mundo— la hacía el bocado más apetitoso para el virulento grupo. Muchas variables contribuían decididamente a ello, como la alta población de musulmanes en condiciones paupérrimas y de marginación, que exacerban los resentimientos y se constituye en un peligroso caldo de cultivo favorable para los agresores.
Sin que las potencias mundiales comprendan a cabalidad que el terrorismo no es un hecho aislado y se decidan a actuar con seriedad, con todos los recursos —humanos, materiales y tecnológicos— y dejen de lado las simulaciones y los intereses geopolíticos, el Estado Islámico continuará de manera inexorable su avance por el mundo, cobrando cada vez más vidas y sembrando el miedo y acotando de forma brutal las libertades y la democracia.
Relevancia especial y definitiva es el rol que inexcusablemente deben asumir Estados Unidos y Rusia. Enfrentadas en el conflicto de Siria, ambas naciones han permitido con su obcecación y defensa a ultranza de sus respectivos —y mezquinos— intereses que el Estado Islámico haya crecido exponencialmente hasta contar con los vastos recursos de los que hoy dispone.
¿Cuántas vidas deben perderse todavía antes de que los soberbios que controlan al mundo entiendan el peligro en que se encuentra la humanidad a causa del terrorismo? Está visto que ningún esfuerzo aislado es por sí mismo suficiente para prevenir la barbarie de esas mentes enfermas, que están dispuestas a las acciones más aberrantes e inimaginables con tal de llevar a cabo sus aviesos propósitos. Se precisa sin dilación una estrategia conjunta que sea eficaz.
Por lo pronto, el desinterés e ineficacia de las poderosas naciones quedó exhibido en los recientes ataques del 22 de marzo en el aeropuerto y estación del Metro de la capital belga, los cuales confirmaron, también, que la agresión era esperada de un momento a otro, como hubo de admitirlo su primer ministro, Charles Michel: “Temíamos los ataques terroristas, y ahora han llegado”. Aun sabiéndolo, es preocupante que no supieron cómo evitarlo, dejando en total indefensión a sus ciudadanos. ¿Existe un gobierno en el mundo que pueda justificarlo?
Nada resarcirá la vida de los caídos, ni mitigará el dolor de las familias ni lo que están padeciendo los heridos. El horror ahí queda, indeleble, como testigo de las conductas aberrantes que vienen a ser una especie de negación del hombre por el hombre; de cómo los actos de los locos en ocasiones, definitivamente, superan a los del hombre cuerdo y de paz.
@BTU15
©Benjamín Torres Uballe