REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 06 | 2018
   

Confabulario

El jardín sin sol


Valeria Carrara

Te dijo el terapeuta que tienes duelos sin resolver desde hace años, que tu miedo al abandono es demasiado y que tienes que trabajar duro para cerrar ciclos y para tener una libertad emocional; para que dejes de ser tan vulnerable, para que tomes buenas decisiones, para dejar de ser mártir de tu propia vida. Y pensaste que ya, que es urgente pues el camino se estrecha en tiempo y forma. Es necesario sanar y vivir.
Te han hecho recordar experiencias que tenías enterradas en algún rincón oscuro, empolvadas y agrias. Sembraste encima un jardín con plantas que a veces retoñan y casi siempre mueren porque la tierra no es buena. Te habías hecho a la idea que eso te tocó, pero que no tenías por qué lucirlo o llevarlo contigo... sin embargo, ahí continuó en la negrura y en algún momento brotaba sin que lo sintieras… en ocasiones hasta lastimaste a otros con ello.
Te cuenta tu abuela muchas veces, como hacen los ancianos que repiten sin cansancio las mismas historias, que lloraste sin parar en todo ese viaje hacia Brasil en el que ella te llevó, junto con tus dos hermanos mayores, para reunirse con tus papás después de meses de no verlos. Salieron huyendo de México por cuestiones que una niña de un año jamás podría entender. “Los extrañabas mucho” te comenta tu vieja. Al verlos en el aeropuerto carioca, con tus primitivos pasos fuiste hasta ellos para tomarlos de las piernas con toda la fuerza que tu pequeño cuerpo te permitía. Todos juntos ahora, parecía que las cosas mejorarían para ti. Ahí pasaron cinco años de tu infancia, tenías todo lo necesario para un buen desarrollo, tenías a tu familia contigo; aunque para tus padres tuvo que haber sido muy difícil adaptarse y “esconderse” en un país desconocido. De repente fue el momento de regresar a casa de la cual no tenías ningún buen recuerdo. ¿Qué era llegar al “hogar”?, hogar que ya no les pertenecía, pues todo les fue arrebatado; hubo que buscar dónde vivir entre casas de familiares, ¡un fracaso!, hasta comenzar a rentar un espacio adecuado. Después de que te contaron que tu casa era bella, grande, con servidumbre y todas las comodidades de las que nunca pudiste disfrutar o no las recuerdas.
Un año más tarde ibas en la calle con tu padre de la mano, insististe en que te comprara un libro para colorear de “La Cenicienta”, se pararon para ello y de repente llegaron dos señores grandes con traje que mucho tiempo después supiste eran judiciales, los llevaron con ellos a un edificio. Por horas dibujaste sólo con rojo y azul marino las figuras del librito, no había más colores. Veías detrás de un cristal a tu papá hablando y agarrándose la frente y el mentón como cuando sabías que algo le preocupaba. Al anochecer tu mamá pasó por ti y no volviste a ver a tu padre hasta varios meses después. Mucho tiempo sentiste culpa, de no haber insistido en que te comprara ese cuento, no lo habrían aprendido, pensabas.
Todos se prepararon para ir a ver a papá a “su trabajo”. Era su cumpleaños. Elegiste un pastel de fresa con las letras en merengue de: Felicidades papito. Estabas orgullosa de tu elección. Mamá manejó mucho, parecía muy lejos, tú estabas ansiosa. La construcción era enorme y había que pasar por unas filas y contestar preguntas en cada módulo. Alguien les dijo que había que revisar el paquete abriendo la caja del pastel, pasaron incontables veces un cuchillo sobre él, haciéndolo pedazos junto con tu diminuto corazón. Llegaste ante tu progenitor defraudada, insultada y tu llanto no cesaba.
Cuando ibas observabas con detenimiento ese uniforme beige, era curioso, “de uniforme como en mi escuela” pensaste. “Trabajó” poco tiempo en ese lugar, era un hombre instruido, destacado contador público que lo tenían con algunas preferencias a cambio de sus habilidades.
Tu papá salió de ahí muy enfermo, el cáncer lo atrapó dejándolo con vida poco tiempo más. ¿Qué era la muerte en ese momento?, ¿un féretro gris sin abrir?, ¿flores y rezos sin descanso?, ¿ropa negra y adultos hablando en voz baja? Tenías nueve años de edad y sólo sabías que jamás lo volverías a ver.
Recuerdas ver a tu mamá muy poco. Cuando salías para la escuela ella dormía y cuando regresabas, ya no estaba. Era raro que a tus compañeros de la escuela los llevaban y los traían sus papás, asistían con la lonchera llena de alimentos hechos en casa y escuchabas de vacaciones familiares y cosas de ésas de las cuales tú desconocías. Tu madre tenía tres trabajos, incontables horas de labor la ocupaban, no había opción. Aprendiste a ser autosuficiente para casi todo y tu aire se cubría de miedo, era poco lo que te motivaba.
Comenzaste a refugiarte en tu hermano mayor, con ocho años de distancia. Él adoptó un papel un poco paternal y te amaba, lo sabías, eso le dio un aliciente a tu vida. En esa temporada acudía a clases y tenía un buen trabajo, entonces llegaba a casa con alguna muñeca para ti de vez en cuando, tal como lo hacía tu papá en Brasil. No le importaba llevarte para donde fuera, con sus amigos, novias y fiestas; cuando el tiempo se lo permitía, te ayudaba en tareas y trató de estar al pendiente de todo. Te prometió que cuando cumplieras quince años te llevaría a Disneylandia.
Un chico lleno de vida, deportista, vanidoso y trabajador. Las motos eran su debilidad, juntó hasta comprarse una y te tocó estrenarla con él; la sensación fue de libertad cuando lo abrazabas fuerte y te llevaba por las calles de la colonia.
Una tarde llegaste de la secundaria, no había sido buen día, tenías un sentimiento raro que no te explicabas. Tu tío llamó y te dijo con voz agitada y entrecortada, que no salieras, que tu mamá iba para la casa a hablar contigo. Paseaste a la perrita y al regresar, ya estaba ella en casa… llorando te dijo “Luis, se nos fue Luis”. ¡No, no y no!, tu cabeza dio vueltas, gritaste “Otra vez no, esta pinche sensación. ¿Por qué se van mamá?”. Te desconectaste, no recuerdas, golpeaste la pared sin control. Tu hermano, tu hermanito, tu confidente y amigo, ya no estaría más para ti.
Fue en la moto, esa noche que salió a ver a su novia; cargó gasolina, arrancó y un taxista venía en sentido contrario en estado de ebriedad. Chocaron de frente, su cuerpo fue a dar hasta el camellón propiciando muerte cerebral. El corazón dejó de latir al día siguiente. Tu mamá y tu tía lo buscaron desde la madrugada al ver que no regresó, pero no te dijeron para no alarmarte.
Las cosas perdieron sentido, tenías interrogantes y tristeza. Tres personas importantes ya no estaban, la tercera era tu madre que se refugió aún más en el trabajo. Y un cuarto, tu otro hermano, en sus largas giras taurinas, tampoco estaba. La soledad era tu aliada, pero nunca pudiste hacerla tu amiga.
A los catorce años te gustó fumar, tomabas y te tatuaste por primera vez. La escuela no iba nada bien y la sobrellevaste de milagro. Intimaste con alguien varios años mayor que tú, más por la fuerza que por gusto. Eso dejó en ti graves secuelas físicas, mentales y emocionales. La inocencia también te la quitaron. Tu vida, ahora sí, se derrumbaba.
Pasaron algunos años e intentaste formar dos familias, buscando ese entorno que anhelabas y que nunca tuviste. Fallaste en los intentos, elegiste mal, aunque te has consolado pensando que todo pasa por alguna razón y esa razón de tanto valor que ahora vez, son las personitas que diste a luz con tanta ilusión. Aunque también dos de ellos te fueron arrebatados, los de tu primer matrimonio, a la fecha no sabes por qué, merecías ser su madre de tiempo completo y no de cada quince días. Eran muy pequeños y un juez decidió tu vida y la de ellos, decidió que debían estar con el padre, decidió tu camino desde ese momento, ¿quién era él para trazar sus destinos?... Con abogados que acudiste te dijeron que había sido una sentencia con dinero de por medio, pues no veían el motivo de no tener a tus hijos contigo. Tú con veintidós años, asustada, con cuarenta y tres kilos de peso por la depresión y sin mucho apoyo a tu alrededor, te rendiste. Has aprendido a abrazarlos y besarlos cada quince días.
El camino ha sido difícil, sin mucho tiempo para el estudio que es lo que amas, el trabajo es prioridad para poder cubrir las necesidades básicas. Pero claro, también has tenido satisfacciones, sonrisas y mucho aprendizaje. La gente a tu alrededor casi siempre es generosa y buena y eso lo ha hecho menos complicado.
La familia ha cambiado mucho contigo, ahora los sientes cercanos; tu madre ahora es más entregada y madura, se lo ha ganado, es más tranquila porque su batalla de juventud ya terminó, ahora sólo recoge lo que sembró con tanto esmero y cansancio.
Ahora tuviste que acudir a tu jardín espinoso nuevamente, te lo removió la última pérdida.
Lo conociste hace once años por correo electrónico, viste que tenía tu mismo apellido italiano, no común aquí, guapo y con rasgos conocidos. Se escribían casi todos los días contándose anécdotas, gustos personales, amores y desamores y soñando el día en verse. Tu medio hermano vivía muy lejos, era complicado, sin embargo se creó una relación muy estrecha al grado que tú eres portadora de sus secretos más íntimos y entrañables. Siempre supiste de la existencia de tres medios hermanos de parte de papá, conociste muy pequeña al mayor y después desapareció. Gracias a esas cartas con el menor, lograste reencontrarte con los otros dos. Con el tiempo lograron reunirse todos unas cuatro o cinco veces, fueron momentos insuperablemente felices.
Ese hermano tenía tus mismas pesadillas, se marcaban a las dos de la mañana cuando no podían dormir y se escuchaban uno al otro. Fuiste de las primeras en enterarte cuando logró titularse después de años de desidia y de revisar su tesis incansablemente… ahora ya era oceanólogo.
Te dijo hace dos años que estaba enfermo, pero jamás creíste que fuera tan grave. La última llamada, hace unos meses fue para decirte que le harían una operación complicada, que tenía miedo, tú lo consolaste y le dijiste que te prometiera se verían pronto para abrazarse… lo cumplió. Dos días después estabas en el avión junto con tu hermano carnal, viendo por la ventanilla, contando nubes y tratando de comprender lo incomprensible. El viaje fue para despedirte y no pudiste darle ese abrazo, pero sí lo tenías muy cerca y te dejaron a solas con él para hablarle y contemplaste su pálido rostro, sus ojos pegados arruinando las bellas pestañas que tenía y la playera que llevaba con una de sus bandas favoritas.
Los días que estaban por venir no los hubieras imaginado ni en sueños. A pesar de que tuviste todo el apoyo de tu novio con esta pérdida, al regresar de ese viaje, él decidió retirarse por un tiempo, la relación no iba bien desde hacía mucho y él también llevaba sus propios fantasmas. Tu corazón se cuarteó más.
Todo era confuso, nada te alentaba, respirabas entre somnolencias e insomnios. Era difícil dedicarle una sonrisa a tu pequeña hija, jugar con ella aún más. Sentías que todo lo que valía la pena en tu vida, de alguna forma te lo quitaban tarde o temprano, porque no lo merecías o porque a alguien simplemente no le interesaba verte feliz.
Fue cuando decidiste consultar a un tanatólogo, coach espiritual o algo así que te habían recomendado. Ha sido una labor de meses, de observar tu jardín, podarle las espinas, echarle agua, removerle la tierra… y claro, ya te diste cuenta, es un jardín sin sol, mientras no le dé su luz, éste jamás florecerá adecuadamente.
Tuviste muchas pérdidas como a todo mundo le ha pasado, sucedieron cosas que te fueron convirtiendo en lo que ahora eres… esas pérdidas se alivian, se superan; ahora entiendes que lo que sería grave, peligroso y muy triste, sería perderte a ti misma, negar tu esencia, apagar tu sonrisa, ser incrédula ante todo y todos, no luchar, dejar de vivir, eso no tendría remedio y ya lo comenzabas a hacer.
Reiniciar una y otra vez se vuelve tan cansado cuando el camino es hacia arriba, pero sin esos nuevos inicios, no aparecerían nuevos amigos, nuevos proyectos, nuevas esperanzas y el amor sin trascender se quedaría pequeño y mediocre. También de amor sobreviven los jardines.
Afortunadamente las cosas han mejorado, tu pareja regresó, tus hijos son sanos y se aman, retomaste algo de estudio, comenzaste a sonreír y a ese jardín lo bañas con tu luz, ya no lo escondes; lo mantienes vivo para que no se te olvide de qué estás hecha; y a la vez lo podas, le das forma, le plantas nuevas semillas para equilibrar y compensar su vida natural. Un día te darás cuenta que nada fue en vano, que las batallas perdidas no son malas, que absolutamente todo vale la pena vivirlo y que eso tendrá una recompensa.