REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 01 | 2018
   

Para la memoria histórica - Encarte

Tierra Adentro: Un caso de tradición y continuidad


Jorge Ruiz Dueñas

Jorge Ruiz Dueñas es un escritor excepcional, un literato que se ha conducido con igual talento en la prosa narrativa y en la poesía. Cuando escribe prosa, lo hace con bellos acentos poéticos, con gráciles imágenes. Hombre formado en Baja California, suele mirar hacia las inmensidades marinas, una de sus obsesiones son las ballenas, las que han creado tantas leyendas entre los hombres de mar, unos les temen, como Melville, representan sus temores, otros las aman y las han visto como cálidos islotes que simplemente transitan las aguas sin dañar a nadie. Una revisión casi exhaustiva de los grandes cetáceos es Tiempo de ballenas. Otra de sus pasiones está en la cultura árabe, lo vemos en Las noches de Salé, posiblemente su obra más reconocida nacional e internacionalmente. Tampoco ha dejado de lado el periodismo, el cultural y el político, abordando con lucidez, cultura y agudeza distintos temas. Con prosa siempre cuidada, ha hecho singulares aportaciones.

Imposible dejar de lado al profesor universitario, al académico preocupado por la administración pública, al funcionario ejemplar y al promotor cultural. En todo se ha comportado con dignidad ejemplar. Justamente por este trabajo, en la época en que dirigió y consolidó el proyecto literario Tierra adentro, Ruiz Dueñas recibió el Premio Nacional de Periodismo, en la rama cultural, que concedía el gobierno de la República. En este trabajo que presentamos, Jorge se encarga de narrarnos las conquistas de tal proyecto concebido por el poeta Víctor Sandoval. La revista, El Búho, en cuya formación colaboró, se honra en presentar a sus lectores un documento que si bien es histórico, posee una prosa musical y la amenidad de la literatura. Ello es parte de las grandes tareas que ha llevado a cabo el INBA-CONACULTA.


TIERRA ADENTRO: UN CASO DE TRADICIÓN Y CONTINUIDAD *

La tradición de las revistas culturales

En América Latina las revistas culturales han fungido como el invernadero cultural de tribus esenciales de nuestro pensamiento. No es necesario hacer una relación de lo que han significado para el desarrollo del pensamiento iberoamericano al aglutinar grupos disímbolos, a veces incluso contrarios, estableciendo un diálogo y aun la capilaridad como vehículos de propuestas. Baste decir que estas expresiones se han dado a partir de la voluntad y esfuerzo personal de creadores en tiempos sociales diversos, pero también bajo el mecenazgo de universidades e incluso del “ogro filantrópico”, donde encontramos los gestos instintivos de maestros inolvidables.

Eludo ahora las categorías doctrinales de la comunicación y de los movimientos influyentes. Algunos ya lo han hecho y otros actualizarán ese recuento. Pero, ante el debate sobre la modernización y la tradición nunca es ocioso reflexionar en la herencia del paraíso de los ateneos con sus patologías inevitables, enfrentadas a esa catástrofe de un funcionalismo devenido homogeneidad social, en la que los ciudadanos han pasado a ser “clientes” y las habilidades del pensamiento parecen sustituidas por el procesamiento de datos.

Las revistas literarias y artísticas en México han fungido, queriéndolo o no, como nichos para resguardar la identidad y divulgar los legados de la inteligencia emocional. Este valor no siempre advertido adquiere singular importancia cuando la sociedad en la urgente necesidad de ganar la partida en los mercados y con el reduccionismo inercial de estos tiempos, ya no distingue entre obtener educación o competencias, entre pensar o procesar información, porque a las instituciones de educación y cultura las penaliza a partir de la desviación estándar presupuestal la próspera industria de la certificación de competencias. Esto resulta más importante aún, ahora que la inmediatez es el signo de identidad de la juventud y cuando debemos aceptar nuevos retos que inoculan también los espacios de la creación.

Tradición y modernidad

Como ya se ha dicho, desacreditado el pasado o el porvenir, todo parece una sucesión de pestes o ascensos. Lo cierto es que no es preciso renegar del ayer para ser modernos. La civilización como conjunto de culturas está, como nunca, al alcance de nuestros sentidos. Merced a los avances tecnológicos, la ubicuidad virtual permite diálogos e intercambios a cargo de los nuevos tiempos que se dicen liberadores, siempre que los aprovechemos para formular un discurso intelectual crítico que respete las diversidades entrañables y sortee la erosión de las identidades a partir de la centralidad urbana.

Sin embargo, una mirada al pasado de nuestro país nos permite reconocer la historia y la virtud del esfuerzo continuado y a veces anónimo destinado a preservar nuestra identidad, de quienes a pesar de lastres orgánicos han dedicado su esfuerzo individual a resguardar la tradición, la conciencia colectiva del pasado común y a estimular la evolución consciente y progresiva de las generaciones. Seré reiterativo. Han sido muchas las revistas culturales que han aglutinado iniciativas civiles para dar vida a esos movimientos o su reproducción. Sin duda, también las instituciones de educación superior han jugado un papel relevante. Por su parte, el Estado mexicano, además de las universidades públicas, ha hecho su contribución en el siglo pasado, quizá a partir de la publicación vasconcelista de El Maestro, Revista de Cultura Nacional. El primer número de esta publicación vio la luz en abril de 1921, dirigida por Enrique Monteverde y Agustín Loera y Chávez (quien antes, con Julio Torri había fundado la editorial Cultura) hasta 1923, con un tiraje de 75,000 ejemplares y abiertas sus páginas a los intelectuales latinoamericanos notables como la chilena Gabriela Mistral, el hondureño Rafael Heliodoro Valle y el venezolano Horacio Blanco Fombona. Pero, en un país poblado por caudillos políticos y culturales, es notable el trabajo silencioso de los trabajadores de la cultura que han sostenido sin cuestionarlo la divisa aparecida en la contraportada de aquel primer número de El Maestro:

El Gobierno publica esta revista con positivo esfuerzo. Ni un sólo ejemplar debe de ser inútil. Si a usted no le sirve y no la da a quien pueda aprovecharla, deja sin utilizar dinero del Estado que es dinero del pueblo.

En efecto, hoy son legión quienes han trabajado a favor de nuestra cultura desde las instituciones públicas, creadores ellos mismos, sin buscar amplificar su propia obra a partir de esas posiciones, salvo contadísimas excepciones venidas de la picaresca burocrática. Por fortuna los émulos del “Tlacuache” Garizurieta (quien también era escritor) se cuentan en la vida cultural con los dedos de una mano. En todo caso, destaca en estos menesteres la tarea de Víctor Sandoval, quien ha dedicado su vida a crear instituciones o a fortalecer aquéllas encontradas al paso. Del poeta de Fraguas jamás preocupado por la fama, se puede decir mucho más. Como difusor cultural no tiene parangón: promotor de casas e institutos de la cultura en el territorio nacional; impulsor de las primeras experiencias de radio y televisión cultural locales; tenaz motor de premios de envergadura influyentes en nuestra vida literaria, y pertinente embajador de nuestra cultura en España, para varias generaciones ha sido un referente por su absoluta convicción de apoyar a los jóvenes cuando distribuía en la legendaria valija de Bellas Artes nuestras primeras letras, sin esperar pleitesía a cambio.

La continuidad veinte años atrás

Debo disculparme por hablar sobre el tema en primera persona, pero no encuentro otra manera de dar testimonio. Una vez en marcha el período presidencial 1988-1994, las tareas fundacionales del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes se debatían entre las consecuencias de su mal alumbramiento jurídico, su pretendido futuro inmediato y la intención de dar respuesta a varias demandas de la comunidad. Coincidió la instrucción que recibí de Víctor Flores Olea para hacer una revista cultural y, además, hacer programas para la radio y la televisión del Estado, con una reunión requerida por la presidencia de la República para tratar las condiciones de la cultura en el ámbito de la creación joven. Entre las acciones a tomar, cabían sin cortapisas las intenciones entonces germinales.

En el primero de los temas se abría la posibilidad de hacer una publicación nueva bajo el amparo presupuestal. Sin embargo, solicité al presidente del CNCA que aprovechásemos la oportunidad para rescatar y dar continuidad a alguna de las publicaciones del INBA en apuros económicos. Me parecía, y así lo aceptó Flores Olea, que Tierra adentro sostenida con apremios por Víctor Sandoval, a la sazón director general del INBA, pero acosada por la mezquindad presupuestaria, era una candidata idónea. A la propuesta respondió Sandoval con la misma generosidad y visión. Tierra adentro, concluyó, podría reubicarse en el ámbito que me encomendaron. Por otra parte, quiero pensar, Víctor suponía que así como su nombramiento había sido calificado como un infrecuente momento en que “la casa gana”, dejar la revista en esta área la acercaba a sus primeros beneficiarios y al espíritu que algunos habíamos aceptado como una forma no unipersonal de nuclear los polos de desarrollo cultural.

La segunda encomienda derivó en un proceso de convergencia con las tareas en al área audiovisual de mi competencia que tenían como salida Imevisión y Radio Educación. De esta manera, inició una revista y siguió muy pronto un programa cultural de salidas múltiples en el ámbito editorial, plástico, y en los medios de comunicación electrónicos.

¿Qué hacer con aquella herencia nominal? ¿Cómo insuflar el apoyo a creadores jóvenes de nuestras provincias desarregladas, donde la indiferencia gubernamental era la regla? ¿Cómo impulsar desde el ámbito oficial y aún desde el centro, un esquema tendente a desconcentrar revalorando lo mejor de nosotros en un implícito reconocimiento al mensaje de López Velarde que había recogido con íntimo decoro Víctor Sandoval?

La respuesta en un país simbólicamente volcado por siglos hacia la gran Plaza Mayor de Tenochtitlán, era seguir el movimiento centrífugo, entonces infrecuente e insuficiente. Por otra parte, en términos de políticas públicas era posible reconocer la necesidad de una estructura orgánica, con visión de conjunto, en el marco del recién creado CNCA, donde la revista podía ser la piedra de toque. Para ello era necesario continuar la tarea que durante tres lustros había llevado a cabo Víctor Sandoval, inicialmente con Carmen Massip, José María Cundín y José Manuel Pintado, y reconocernos amplificándolo en ese proyecto generoso.

En consecuencia se planteó un programa multimedia que iniciaba en 1990 con la revista Tierra adentro como insignia, bajo la égida del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA). Los propósitos en esta nueva época, tuvieron que definirse de modo tal que se adecuaran a ofrecer un nuevo esquema de trabajo, cuyos objetivos fueron los siguientes:

1. Ofrecer a los creadores jóvenes del interior de la República -autores y artistas plásticos de preferencia menores de treinta años- un espacio de expresión consolidado y abierto, así como a los diversos lectores del país una publicación periódica que mostrase las características y las tendencias de la nueva producción cultural. Excluir a los creadores de la capital metropolitana era una decisión de equilibrio, parecido al que hoy practican los países escandinavos en materia de igualdad de género.

2. Constituir un puente de comunicación entre las distintas disciplinas artísticas y entre las distintas regiones del país, así como entre los jóvenes creadores y los artistas ya consolidados en las diversas ramas del arte, e incluso acercar este conjunto a diversos espacios iberoamericanos.

3. Crear un fondo editorial paralelo a la revista que a través de la publicación de libros antológicos, individuales y colectivos de jóvenes autores del interior de la república, diera a conocer la nueva literatura y estimulase la creación acercándola al público lector.

4. Crear un sistema de apoyo a la edición de revistas literarias independientes para estimular las labores de difusión de la literatura joven por regiones geográficas, y mantener el intercambio de las mismas en el ámbito nacional.

5. Difundir a través de los espacios radiofónicos y televisivos en red nacional, las propuestas plásticas y literarias de los jóvenes del interior del país con cápsulas y programas que dieran voz e imagen a los creadores noveles y a la divulgación de diversas expresiones culturales, algunas poco atendidas como el teatro o la publicación de ciencia ficción.

Para el cumplimiento de estos objetivos, la publicación dio paso a una nueva estructura, a nuevas características editoriales y a nuevos mecanismos de programación, promoción y distribución. Consideré conveniente dar amplios grados de libertad a los coordinadores de las diversas áreas con bases compartidas pero abiertos a visiones múltiples que enriquecieran el proyecto. El principio común para todas las áreas, entonces a contracorriente de muchas revistas y suplementos, fue reducir al mínimo la presencia escrita o audiovisual del grupo conductor, y recibir las propuestas de los creadores, en lo posible sin contacto directo con el director general y sujeto a evaluaciones colectivas, sobre todo en el ámbito editorial. Creo que de esta manera ganamos la invisibilidad años más tarde. En realidad hoy es la primera vez que hago referencia a los hechos. Se partía del reconocimiento de que el proyecto no le hacía ningún favor a nadie y se sustentaba en los recursos públicos, para eludir las cadenas amistosas y la multiplicación de prebostes y prestigios hueros. En mi caso, en aquel tiempo, dudo haber tenido contacto personal siquiera con el diez por ciento de los jóvenes creadores difundidos.

La revista

Para el primer objetivo, la revista, se dio continuidad a la numeración bajo el rubro de una nueva época a partir del número 47 de mayo-junio de 1990 que tuvo como ilustrador de portada a Fernando del Paso en su faceta plástica entonces poco conocida, y como anticipo a su gran exposición en el Museo de Arte Moderno, con la intención de lograr una nueva dimensión que pretendía: a) dinamizar su contenido y presentación en el ámbito nacional e iberoamericano, con participaciones notables que acompañasen a los jóvenes; b) afirmar la presencia y el alcance de la publicación con una periodicidad bimestral, y una circulación institucional y comercial que además de las empresas especializadas en distribución y las librerías, comprendía suplementos culturales de España y América Latina, bibliotecas estadunidenses interesadas en la literatura mexicana, cien embajadas de México, y los salones de espera de la aerolínea nacional; c) hacerla atractiva y accesible para cualquier lector, con un encarte a color y sentido periodístico; y d) pagar las colaboraciones con el mejor tabulador a nuestro alcance, en tiempo y forma.

La impronta y el diagramado partieron de la experiencia, sobre todo, de Casa del Tiempo y de La Orquesta, revistas en las que se formó el cuerpo editorial de la revista con José María Espinasa, figura central en esta aventura, y el diseño de Natalia Rojas. Esos números, del 47 al 76, con una intención monográfica en sentido amplio y que exploró la geografía, los géneros literarios, los acontecimientos finiseculares, y las expresiones de la vida y de la muerte contaron en la redacción en diversos períodos con la participación, entre otros, de Saúl Juárez, Enrique Romo, Ernesto Lumbreras y Carlos Miranda.

Con el propósito de incorporar a sus números la pluralidad de perspectivas que caracteriza a la cultura nacional y contar con una sólida asesoría en las distintas disciplinas intelectuales y artísticas, la publicación contó entonces, con un consejo editorial en el que participaron intelectuales y creadores de reconocida trayectoria y de clara significación cultural en sus entidades de procedencia. Al conformarlo, se buscó que sus miembros constituyeran un grupo representativo de distintos campos artísticos, generaciones y regiones del país, así como que fueran de especial significación para los creadores jóvenes de México o tuvieran un estrecho contacto con la creación joven. Con base en el ideario planteado el consejo editorial de Tierra adentro, estuvo integrado por: Aníbal Angulo, fotógrafo y grabador (Baja California Sur); Rubén Bonifaz Nuño, poeta, ensayista y traductor (Veracruz); Federico Campbell, novelista, cuentista y periodista (Baja California); Víctor Manuel Cárdenas, poeta y crítico literario (Colima); Gerardo Cornejo, novelista y ensayista (Sonora); Alí Chumacero, poeta y crítico literario (Nayarit); Luis González y González, historiador (Michoacán); Saúl Juárez, narrador (Michoacán); Rosa Luz Marroquín, artista plástica (San Luis Potosí); Elías Nandino, poeta (Jalisco); Lourdes Parga, narradora y promotora cultural (Hidalgo); Luis Arturo Ramos, narrador y ensayista (Veracruz); Hugo Salcedo, dramaturgo (Jalisco); Sonia Salum, actriz, productora de teatro y promotora cultural (Coahuila); Fernando Sánchez Mayáns, dramaturgo y poeta (Campeche); Víctor Sandoval, poeta, promotor cultural y fundador de la revista (Aguascalientes); Sebastián, escultor (Chihuahua); Francisco Toledo, pintor y grabador, diseñador de tapices y ceramista (Oaxaca); Eraclio Zepeda, poeta, narrador y actor (Chiapas).

En las separatas a color de la revista se dio particular importancia a dos concursos. Uno de ellos era el Gran Premio de Arte Popular, en el que participaron artesanos de diversas regiones de nuestro país, y el otro, fue el Premio Nacional de Arte Joven que, sin duda, convocó a los artistas plásticos menores de 30 años de mayor proyección nacional. Tierra adentro publicó a los finalistas de ambos certámenes.

Así mismo, las páginas de Tierra adentro en aquel tiempo publicaron obra gráfica de autores de distintas zonas geográficas de México, y anualmente se organizó la exhibición de sus obras en el Museo Carrillo Gil. Entre las numerosas propuestas estuvieron las de Armando Belmontes, Rubén G. Benavides, María Teresa Berlanga, Jordi Boldó, Estrella Carmona, Juan Ángel Castillo, Javier Manrique, Roberto Rébora y Begoña Zorrilla. Las portadas se realizaron con obras de algunos de estos artistas y con aportes de otros jóvenes como Lorena Alcaraz, Néstor Andrade, Bernardo Arcos, Carlos Cadena, Carmen Cardemil y Rafael Charco, Luis Carpizo, Alicia Ceballos, Masha Zepeda, José Luis Corral, Óscar Cruces, Socorro Chablé, Emilio Fuego, Silvia González de León, Carlos Gutiérrez Angulo, Antonio Lot, Marco Antonio Martínez Abarca, y Eniac Martínez Ulloa, Francisco Mata, Eugenio Mendoza, Pedro Bonnín, Guillermina Ortega, Dionisio Pascoe, Roberto Rodríguez, María Romero, Patricia Soriano, Adriano Stura y María Tello.

En la misma tónica de acompañar a los canteranos de las letras con plumas reconocidas, también se prepararon separatas y portadas con creadores ya consolidados como José Luis Cuevas, Fernando del Paso, Francisco Icaza, Jazzamoart, Antonio López Sáenz, Sebastián, Francisco Toledo, Juan Soriano y Alfredo Zalce. Durante el período que va del número 47 de mayo-junio de 1990 al 76 de octubre-noviembre de 1995, se difundieron más de 500 escritores y cerca de 200 artistas plásticos de nuevo cuño. 120 de ellos fueron presentados en promocionales radiofónicos y televisivos, tanto en medios públicos como privados.

El Fondo Editorial

Para dar cumplimiento a otro de los objetivos planteados se desarrolló el Fondo Editorial. En éste se abarcaron todos los géneros literarios, con dictámenes de lectura y evaluaciones del equipo editorial. El notable cuidado de las ediciones estuvo a cargo de Juan Domingo Argüelles. En muchos casos, para estos autores se trató de primeros o segundos libros. Como práctica de vuelo que era, se estableció contrato con todos los registros del caso para prevenirles de sus derechos autorales. La difusión de los libros publicados fue apoyada por medio de presentaciones tanto individuales como colectivas. La prensa fue informada de los libros que aparecían y sobre los actos que llevamos a cabo, se dio, pues, cobertura a las presentaciones, reseñas, entrevistas y críticas en radio, televisión, periódicos y revistas de circulación nacional.

La estadística de cuatro años de ediciones fue la publicación de 101 títulos más siete entonces en prensa; de los primeros, 13 fueron antologías y 88 títulos individuales, cubriendo todos los géneros -diez de ensayo, 28 de cuento, 12 novelas, 41 de poesía, siete de teatro (expresión que difícilmente se recogía en libros, como sucedía también con la narrativa de ciencia ficción de la que se publicaron tres obras colectivas) y tres misceláneos, de autores de prácticamente todas las entidades del país, salvo del Distrito Federal, lo que era también norma en el caso de la revista. Vale recordar que este recuento incluye dos antologías multilingües de escritores indígenas -poesía, narrativa, teatro y ensayo- de ocho lenguas originarias (maya, mazateco, náhuatl, tzotzil, tzetzal, chinanteco, zapoteco y nahñu), entre los que se encontraba Natalio Hernández, preparadas por Carlos Montemayor.

No es ocioso insistir en que las áreas literarias del proyecto contaron con la participación de escritores ilustres con otros de inminente consolidación, dichos al azar, como: Álvaro Mutis, Enrique Molina, Ledo Ivo, Rubén Bonifaz Nuño, Fernando Ferreira de Loanda, Ludwig Zeller, José Balza, Tomás Segovia, Luis Cardoza y Aragón, Salvador Elizondo, Elías Nandino, Ramón Xirau, Jaime Labastida, Ida Rodríguez Prampolini, Enriqueta Ochoa, Eduardo Lizalde, Sergio Galindo, Hugo Argüelles, Margo Glantz, Esther Seligson, Alejandro Aura, Luis González y González, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos, Óscar Oliva.

En esta literatura entonces por venir se dio, entre cientos, y hasta donde la flaqueza de la memoria lo permite, nombres como Ana Aridjis, Rosa Beltrán, Kenia Cano, Ana Clavel, Adriana Enciso, Malva Flores, Dana Gelinas, Ana María Jaramillo, Myriam Moscona, Mónica Nepote, Lizbeth Padilla, Marianne Toussaint, Luis Vicente de Aguinaga, Efraín Bartolomé, Héctor Carreto, Francisco Hinojosa, Luis Humberto Crosthwaite, Daniel González Dueñas, Jorge Fernández Granados, José Homero, José Landa, Ernesto Lumbreras, Eduardo Moshes, Pedro Ángel Palou, Gilberto Prado Galán, Miguel Ángel Quemain, Vicente Quirarte, Daniel Sada, Javier Sicilia, Pablo Soler Frost, David Toscana, Gabriel Trujillo, Jorge Valdez Díaz-Vélez, José Javier Villarreal.

Si los premios en nuestro país significan algo, amén de las becas y distinciones otorgadas para los nuevos creadores vinculados al proyecto, debemos señalar que la cantidad de colaboradores y autores galardonados a partir de esas fechas (1990-1995) es extraordinaria: seis con el Premio Nacional de Ciencias y Artes, ocho con el Premio Xavier Villaurrutia y catorce con el Premio de poesía de Aguascalientes, entre otros.

Apoyo a revistas independientes

De acuerdo con su vocación, una importante actividad del programa fue conceder a partir de 1990 apoyos económicos a publicaciones de distintas ciudades de nuestro país. El objetivo fue garantizar, en la medida de lo posible, su permanencia en sus respectivos ámbitos culturales, con un absoluto respeto a su línea y características de edición. El apoyo otorgado para consolidar las revistas consistió en recursos financieros, así como su difusión por los medios masivos de comunicación. Hasta 1995 el mismo jurado decidió otorgar quince apoyos anuales, integrado éste por escritores de reconocida trayectoria en publicaciones de esta índole: Federico Campbell, Alí Chumacero, Sergio Mondragón, Óscar Oliva y Edmundo Valadés. A la muerte de este último, el certamen llevó su nombre. Para 1993 en el certamen ya participaban revistas de todo el país editadas en 56 ciudades (con excepción, claro, del Distrito Federal).

Un caso peculiar: la ciencia ficción

En aquel tiempo un grupo de escritores vinculados con Federico Schaffler, con razón se decían marginados dado que su género había sido denostado y no tenían espacio en revistas ni suplementos. A partir del número de Tierra adentro dedicado a la ciencia ficción (51, enero-febrero de 1991) y de los dos volúmenes antológicos publicados por el Fondo Editorial (Más allá de lo imaginado I y II), se acordó por ello con la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, la realización de un concurso anual para los escritores que cultivaban ese género. La convocatoria del premio fue lanzada en diciembre de 1991, consistente en una escultura creada exprofeso por Sebastián.

El programa radiofónico

Los medios audiovisuales siempre fueron un elemento del proyecto, no sólo para la difusión, sino por el propósito de tener programas propios. En efecto, A partir del martes 7 de enero de 1992, se trasmitió a través de Radio Educación el programa semanal Tierra adentro, de media hora de duración, coordinado por Lidia Camacho, más tarde titular de la radiodifusora, creadora de la Fonoteca Nacional y actual directora del Festival Internacional Cervantino, que tuvo como objetivo extender la revista al espacio radiofónico y ser vehículo de la creación artística joven del país. En ese lapso y espacio se divulgaron fragmentos de la obra de autores jóvenes en 192 emisiones. Sin embargo, sabemos que el programa lo continuó la Doctora Camacho más allá del fin de nuestra gestión en septiembre de 1995, hasta el inicio de diciembre de 2000 cuando fue suspendido. Entiendo que en el periodo actual acertadamente se ha relanzado una nueva temporada.

La difusión televisiva

En el ámbito televisivo, el programa de una hora “Para ver y oír” del CNCA en el que dispuse un segmento para la revista, creció de tal manera que se convirtió con el tiempo en el programa mismo. Esto fue así, porque una vez concluida la gestión como Secretario del CNCA a partir de mayo de 1992, si bien, mantuve mi participación a título gratuito en el proyecto, se suspendieron los recursos para la producción televisiva pero estos fueron asumidos totalmente por la televisión estatal. El programa continuó como antes bajo la coordinación de la galardonada cineasta Ana Cruz Navarro en la Red Nacional 13 durante 127 programas, con dos pasadas por semana, hasta el fin de esa segunda gestión en septiembre de 1995. Además se produjo un gran número de spots y de cápsulas culturales (“Creadores de Tierra adentro”), difundidos también nacionalmente en el espectro televisivo público y privado. La aceptación de Televisa para pasar este material incluso en tiempo triple A, se debió a la comprensión de Miguel Alemán Velasco sobre las bondades del proyecto.

¿Por qué un homenaje en retrospectiva?

Hace cerca de veinte años, el 3 de octubre de 1991, coordiné un homenaje para Víctor Sandoval. La inseguridad y los celos burocráticos intentaron impedirlo. A pesar de este incidente el acto tuvo gran éxito para el homenajeado en la Capilla del Palacio de Minería, con la presencia de varias generaciones de aquellos beneficiados algún día por su labor de difusión. Incluso las escalinatas fueron insuficientes. Se hizo entonces, porque simbólicamente podíamos darle ya buenas cuentas de aquella idea seminal fundada en la tradición. Él nos enseñó a trabajar en silencio y a ser trabajadores de la cultura. Hoy, como la vieja canción de Edith Piaf podemos decir: Non, je ne regrette rien (…). No me arrepiento de nada: volvería a hacer aquel homenaje a pesar de la mezquindad. Repito, pues, lo mismo que hace veinte años cuando recordaba el poema de López Velarde: (...) 'Yo tuve en Tierra adentro una novia muy pobre: / ojos inusitados de sulfato de cobre (...)'. Víctor Sandoval, con instinto de poeta, pensó y soñó por esos versos que un puñado de seres entusiastas podría añadir una piedra al bello edificio levantado desde hace muchos siglos. Nosotros quisimos en aquel tiempo seguir esa construcción y expandirla. A través del tiempo el árbol de Tierra adentro, su símbolo, mudó de vestigios vegetales, se enalteció con frutos, dio abrigo en sus ramas a veces demasiado estregadas por momentos confusos y se metamorfoseó, en tanto que ser vivo, y su tronco fue de ceiba, de roble, de oyametl, de torcido copal, porque ésas eran especies que en nuestra tierra crecían, y se entendió que si el arte para los escépticos es una forma defectuosa y marginal de la naturaleza, también es la clave de ésta. Nuevas generaciones que han tomado la estafeta con pujanza así lo comprueban.

Parodiando a Marguerite Yourcenar, hoy nos sentimos acompañados de una multitud de creadores en este árbol casa, en esta tierra para el cultivo adentro de nuestra misma tierra y de nosotros mismos, lo que nos permite decir también que: la naturaleza no es avara y, por ello, este proyecto, sobre todas las cosas, mantiene su respiración, flota en la línea del tiempo, pues ninguna prueba es mayor que sobrevivir a la burocracia pública o privada.
Gracias otra vez, Víctor, maestro, amigo poeta, por la lección aprendida.

17 de agosto de 2011

*Conferencia leída en el Encuentro de Revistas Culturales. Literatura y Periodismo. Querétaro 17 a 19 de agosto de 2011. Instituto Queretano de la Cultura y las Artes.