REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 06 | 2018
   

De nuestra portada

Encontrar mariposas amarillas


Alonso Ruiz Belmont

En el transcurso de una vida, aquellos hechos afortunados que al paso de los años tendrán una importancia definitoria en la existencia de cualquiera son, por lo general, escasos y fortuitos. No pretendo hacer un recuento personal de todos esos momentos, únicamente deseo referirme a dos que, en buena medida, cambiaron para siempre mi manera de ver el mundo.
El primer suceso trascendental al que me refiero fue haber tenido la oportunidad de conocer a Gabriel García Márquez y compartir una serie de momentos inolvidables en el trascurso de dieciséis años. El segundo, fue percatarme de que, más allá de su belleza intrínseca, apreciar la cinematografía era también una valiosa herramienta de conocimiento que le dio un rumbo y un significado a mi formación universitaria tras varios años de inmensa confusión. Ignoro si lo anterior habría sido posible sin la influencia que, involuntariamente, Gabriel y su pasión por el celuloide habían ejercido sobre mí a lo largo del tiempo.
Escribo estas líneas un año después de que el patriarca de Aracataca haya tenido que dejarnos y partir a su cita con la gloria eterna. Aunque desafortunadamente y por razones obvias no tengo una vida llena de interminables horas con múltiples experiencias a su lado, lo que quiero narrar sólo me concierne a mí y no se relaciona con obituarios escritos a modo de ensayo o tributo, en ocasiones forzadamente, como epílogo imprescindible cuando lo inevitable pasa a la historia por la trascendencia del legado de una vida al mundo. De igual modo, lo que expreso poco se aferra a la literatura, pero sí mucho a la grandeza del alma y de la compleja naturaleza humana. Sería imposible hablar de García Márquez sin mencionar a nuestro igualmente querido e irremplazable Álvaro Mútis, amigo incondicional y hermano espiritual de Gabo, también ausente físicamente pero nunca en la memoria. Es inevitable también hablar de Mercedes Barcha y de Carmen Miracle, dos mujeres cuya generosidad y nobleza han sido tan importantes para alguien de poca relevancia pública, como yo, tanto como la dispensada a mí por los dos mayores escritores que Colombia ha dado al mundo.
Nada podría entenderse sin el inicio de la estrecha relación que mis progenitores desarrollaron con Carmen y su Gaviero. En 1980 mi padre recibió el Premio Nacional de Poesía Manuel Torre Iglesias por su libro Tierra Final. Fue de camino a La Paz, Baja California Sur, donde se dio el primer encuentro entre él y Álvaro. Sus afinidades literarias y personales crecieron rápidamente. Los encuentros también, en buena medida gracias a la amistad que los Mutis ya tenían con mis amados padrinos Bertha y José Luis Cuevas, quienes con frecuencia organizaban reuniones en su residencia de la calle Galeana. En aquellas fiestas el placer de la conversación entre mis jóvenes padres con Álvaro y Carmen selló una hermosa amistad. Por necesidad, dicha relación sería igual de trascendente en el ámbito literario debido a la sabiduría y consejos que, en adelante, buscaría mi padre en aquel bondadoso león narrador de historias y poeta ilustre que ganó premios tan importantes como el Xavier Villaurrutia (1988), el Médicis Étranger (1989), el Roger Caillois (1993), el Grinzane-Cavour (1997), el Príncipe de Asturias de las Letras (1997), el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1997), el Cervantes (2001) y el Neustadt (2002).
El afecto que se profesaban aquel elegante bogotano y el rebelde cataquero honrado por la Academia Sueca era más fuerte que el acero. Ese sentimiento une por igual a sus respectivas familias hace más de cinco décadas. Esta afortunada coincidencia, a la que se añaden una buena cantidad de reuniones amistosas entre Carmen, Mercedes, la querida Bertha y mi madre en la citada residencia de Galeana, motivaron que desde aquellos años los encuentros de mis padres con Gabriel y Mercedes adquiriesen espontáneamente una calidez siempre bendecida con la insustituible compañía de nuestro monarquista de tierra caliente y su noble catalana.
Durante los años ochenta, mi hermano y yo disfrutamos intensamente cada vez que tuvimos la oportunidad de ser anfitriones de Carmen y Álvaro en numerosas comidas que se organizaron en casa. Paradójicamente, en medio de las conversaciones entre los adultos sobre literatura o política, lo que más nos alegraba la vida al convivir con aquella pareja de abuelos era escuchar las innumerables anécdotas que Maqroll se encargaba de narrar esmeradamente con un particular sentido del humor que nos arrancaba a todos incontables carcajadas. Los llantos de risa se prolongaban eternamente, tranquilamente secundados por la tierna mesura de Carmen. En varias ocasiones llegamos también a disfrutar de la compañía de Santiago, del aún pequeño Nicolás y de su madre Francine, cuyo recuerdo permanecerá siempre entre nosotros.
La primera imagen que tengo de un encuentro personal con Mercedes Barcha corresponde a una comida íntima que mis padres organizaron en nuestro hogar. Por razones obvias, la apretada agenda de Gabriel no permitió su presencia ese día. Bruno, mi hermano menor, cursaba la primaria y yo era un casi adolescente. La simpatía y cariño que Mercedes tuvo con ese par de chicos se impuso ante los formalismos de rigor.
En 1988 Bruno y yo estrechamos por vez primera la mano de Gabriel en iguales circunstancias. No recuerdo con exactitud cuántas otras personas estuvieron presentes en aquella reunión, en todo caso, no pudieron haber sido demasiadas. Todo estuvo cuidadosamente dispuesto para que en esa velada Gabo y su mujer tuviesen la más absoluta paz y tranquilidad en cuanto cruzaran el umbral. Sería deshonesto negar que, desde el punto de vista intelectual, tener a un premio Nobel en la sala de la casa es tan descomunal e intimidante para dos muchachos como estar parados frente a un gigantesco elefante. Ambos contuvimos nuestra emoción y alegría procurando no hablar más de lo estrictamente necesario para evitar importunar a nuestros invitados con cualquier involuntaria metedura de pata. Luego de las obligadas presentaciones, escuchamos con atención una serie de amistosos comentarios que el ilustre colombiano dirigió a nosotros. Mercedes prosiguió el resto de la conversación con su habitual calidez. En el momento indicado nuestros padres nos pidieron retirarnos, era tarde y al día siguiente debíamos asistir a la escuela. Ambos partimos disciplinadamente, no sin antes despedirnos protocolariamente como lo ameritaba la ocasión.
La experiencia no pudo ser menos que inolvidable para Bruno y para mí, pero a los nueve o a los catorce años no hay muchas cosas trascendentes ni profundas que decirle a un premio Nobel de Literatura. En adelante, los saludos afectuosos de Mercedes y Gabriel llegaban siempre a nosotros por conducto de mi madre cada vez que se reunía con ellos en su residencia del Pedregal.
Yo estudiaba la carrera de Ciencia Política cuando tuvo lugar otra reunión en casa, misma que organizamos para celebrar el cumpleaños de Álvaro. En aquella ocasión, la lista de invitados fue ligeramente mayor, pero convenida previamente con Mercedes para la absoluta comodidad de Gabriel. Discretamente, Bruno tomo varios rollos de fotografías con su cámara réflex para documentar ese día en que el arateco y el bogotano departieron juntos en la terraza. Recuerdo, entre otros, la presencia de Carmen, de mi tío Gerardo, de Rosario Casco y de René Avilés. A diferencia de Álvaro, en ocasiones el carácter retraído y los silencios prolongados de Gabriel escondían la inmensidad de su nobleza y generosidad ante propios y extraños. Para disfrutar momentos así, lo mejor era guardar silencio e intentar oírlo conversar a lo lejos sobre Pablo Neruda o Salvador Allende sin hacer pregunta alguna ni interrumpir jamás. No debía ser de otro modo, cuando los genios hablan no hace falta hacer otra cosa que escuchar con atención.
Hacia fines de los años noventa, mi padre se desempeñaba como Gerente General en el Fondo de Cultura Económica (FCE). En 1998 el sello publicó Adiós, Bandera Roja, una antología de poemas originalmente escritos entre 1953 y 1996 por el insigne poeta ruso Yevgueni Yevtushenko. Durante la Guerra fría, aquel hombre nacido en Siberia denunció la barbarie y represión del totalitarismo soviético sin abandonar la URSS ni renunciar a su conciencia progresista. En la sede del Fondo se planeó un acto solemne para que Yevtushenko visitase México y presentara el libro. Por aquel entonces, mi amiga Marina Núñez Bespalova, sólo cuatro años mayor que yo, trabajaba en el FCE con mi padre. Fue él quien tuvo a su cargo la organización del evento. Por azares del destino que determinaron su origen materno, Marina, también escritora, había nacido en Moscú. A pesar de que Yevtushenko hablaba español, el protocolo hacía necesario el acompañamiento permanente de un traductor para garantizar la comodidad del poeta y de su esposa. Marina, quien dominaba aún la lengua de su madre era, providencialmente, la única persona en todo el Fondo que hablaba ruso. Ella tuvo a su cargo varios de los preparativos y con esmero e inteligencia encabezó la avanzada durante toda la visita. El poeta y su pareja disfrutaron la compañía de Bespalova aunque el siberiano la amonestó paternalmente durante el primer diálogo que sostuvieron por no hablarle en castellano.
En el transcurso de la visita organizamos una reunión en casa para honrar a nuestro huésped eslavo junto a un pequeño grupo de invitados. Varias décadas antes, el hombre de Aracataca había conocido personalmente al ruso y apreciaba gratamente su obra. Por dicha razón, habíamos realizado con antelación una llamada telefónica a casa del ilustre colombiano para informarle del encuentro. Milagrosamente, Gabriel se encontraba en México, recibió la noticia con singular entusiasmo e interrumpió en el acto todas sus actividades para venir al encuentro de su amigo acompañado de Mercedes. La expectación de Gabo era tal que cruzó el vestíbulo a toda velocidad y subió apresuradamente las escaleras que conducían a la sala para buscar a Yevgueni.
El novelista y el poeta se reunieron emocionados aquella noche la simpatía y el colorido atuendo de Yevtushenko no guardaban relación alguna con las heladas latitudes de las cuales provenía, gobernadas por el salvaje invierno que aniquiló tanto a Napoleón como a Hitler. Gabriel, un hombre más cercano al ecuador terrestre, intercambió largas reflexiones con una extraña mezcla de seriedad y curiosidad. Era evidente que ambos compartían los mismos anhelos de justicia y equidad. Cuando leyó Adiós, Bandera Roja, poema que daba nombre a la antología, el hombre que había nacido en Siberia nos recordó que pese a todo y contrariamente a lo que muchos pensaran, se había quedado sin patria, aclarando con tristeza que la perestroika había sido un momento perdido de la historia. Han pasado diecisiete años desde aquella velada inolvidable y una nueva Guerra fría constata perturbadoramente que la historia acabaría dándole toda la razón.
Aunque siempre he disfrutado el placer de la literatura, por razones que desconozco los sonidos y las imágenes han influido significativamente en mi percepción del mundo desde que era yo muy pequeño. Durante los años que traté a Gabriel sentí que ambos lenguajes comenzaron a mezclarse, gradual e inexplicablemente, adquiriendo una lógica propia que terminó llevándome al universo de las narrativas visuales.
Debo confesar que descubrí mi interés por la cinematografía en un momento relativamente tardío de la vida. Un descubrimiento, tan afortunado como paradójico. Disfruté del cine desde muy pequeño, durante años miré infinidad de películas en la habitación de mis padres. No conseguiría escribir una lista, la memoria de un niño no retiene tantos nombres y tramas. De cualquier modo, no tenía agudeza ni conocimientos suficientes para poder distinguir entre belleza o banalidad. Por otra parte, cada vez que llegaba a sentarme en una butaca era incapaz de percibir que mis opciones de entretenimiento fílmico estaban seriamente limitadas ante una lluvia interminable de blockbusters hollywoodenses, comercializados y distribuidos con una precisión tan eficiente como ruidosa. El poderío mediático de los grandes estudios que dominaban la llamada “Meca del cine” era invisible para un ingenuo preadolescente. En todo caso, las posibilidades de conocer filmes europeos y latinoamericanos en casa, exceptuando algunas producciones nacionales, eran escasas; el resto del mundo constituía para mí un absoluto misterio. Hollywood no era el problema, ignorar que no todo lo que brilla es oro, sí. The Great Dictator (1949) de Charles Chaplin, The Birds (1963) de Alfred Hitchcock, 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick, o Missing (1982) de Constantin Costa-Gavras, fueron excepciones, y en ocasiones, experiencias fortuitas. La era del videocasete llegó accidentadamente al hogar. Jubilamos la Betamax por una VHS hasta principios de los noventa y mi querido progenitor no contaba con tiempo suficiente para formar una colección de películas. Incontables horas frente a la pantalla viendo toda clase de historias, sin imaginar que lo observado durante tantos años era bastante más hermoso y complejo: esa fue la paradoja.
Gradualmente las cosas empezaron a cambiar. No hubo búsqueda, plan, ni lógica alguna. Vi The Last Emperor (1989) de Bernardo Bertolucci, Do the Right Thing (1989) de Spike Lee y Sex, Lies and Videotape (1989) de Steven Soderbergh, poco después de haber sido estrenadas. Todas me sorprendieron gratamente, pero con el siguiente filme empezaría una nueva etapa de mi vida. Mientras cursaba los primeros años del bachillerato encontré una copia de Alphaville (1965) en un pequeño estante del videoclub. La alquilé inmediatamente con entusiasmo y expectación. Conocía vagas referencias sobre aquella cinta y la disfruté en casa asombrado junto a mi padre. Él ya estaba plenamente familiarizado con el filme, conocía las obras canónicas de la Nouvelle Vague y a los directores emblemáticos de la cinematografía mundial que habían sido referentes generacionales durante su temprana adultez. Yo miraba la historia de Lemmy Caution (Eddie Constantine), esa incierta travesía en contra de una sombra totalitaria y el inesperado romance con la bellísima Natacha von Braun (Ana Karina) en aquellas cautivadoras secuencias futuristas que me hacían recordar las vanguardias estéticas o la influencia modernista de Le Corbusier imperante en la arquitectura europea de los sesenta. Mi padre me habló por vez primera de Paul Elouard merced a un diálogo de la cinta que citaba unas líneas de su poemario Capital del dolor, mismo que me obsequió de su biblioteca horas después; la poesía también fluía de modo espontáneo en el resto de los diálogos. No me di cuenta que haber descubierto a Jean Luc-Goddard aquella mágica tarde, liberaría toda mi curiosidad en los años siguientes.
En 1992 tenía dieciocho años y acababa de matricularme para estudiar la carrera de Ciencia Política. Nunca he sido capaz de entender ni mucho menos explicar, por qué desde mi infancia siento la misma predilección gozando el infinito placer sensorial de las formas, los colores o los sonidos (aparentemente sintetizado en aquel momento por la arquitectura), que estudiando el fenómeno del poder. El hecho es que las circunstancias me forzaron a tomar la decisión de elegir un trayecto que, sin haberme percatado y por razones ajenas a mí, sería una larga travesía en el desierto. Esos años, mi interés en el cine creció rápidamente de manera espontanea. La fotografía también había empezado a cautivarme pero aún no podía entender las diferencias que observaba en los encuadres de aquellas imágenes, o que cada gama de tonalidades guardaba relación directa con el manejo del exposímetro y el tipo de película utilizado en una cámara. Sin la capacidad suficiente para comprender demasiado, me fui percatando que existía un vínculo, más allá de lo obvio, entre cine y fotografía.
Sé que muchos podrán narrar con lujo de detalle todas sus experiencias en numerosos ciclos y festivales cinematográficos que por aquel entonces tenían lugar en la Ciudad de México. Desafortunadamente, yo me encontraba limitado por una vida académica esclavizante que no dejaba tiempo suficiente para tomar algún curso de apreciación; mi notoria impericia al volante dificultaba aún más las posibilidades de trasladarme con frecuencia a la Cineteca Nacional o al Centro Cultural Universitario y la disponibilidad de filmes emblemáticos en las tiendas de video era reducida. Lo anterior generó una situación inusualmente compleja para mí, conocer el séptimo arte de manera ordenada constituía un reto titánico. El caprichoso término “Cine de Arte” aún no era parte del vocabulario colectivo pero el desaparecido formato Laserdisc ofrecía el catálogo más completo disponible en aquel entonces para el más exigente y culto de los cinéfilos (un calificativo que en modo alguno yo podía ostentar). Desafortunadamente, el faraónico costo de reproductores y discos, hacía esa tecnología inalcanzable para los bolsillos de un consumidor promedio. A mediados de los noventa, los primeros DVD empezaron a comercializarse lentamente como un nuevo tipo de excentricidad. Transcurrieron al menos ocho años hasta que la masificación de aquella plataforma digital pusiera fin a la era del videocasete y las tiendas especializadas, físicas o en línea, colocaran una inmensa cantidad de títulos al alcance de un segmento de consumidores ajeno a los dictados del blockbuster hollywoodense.
En la medida de mis posibilidades continué asistiendo a las salas de proyección a ver todo aquello que me fuese posible. Conocí filmes de cineastas tan disímbolos como Jim Jarmusch, Atom Egoyan, Ang Lee, Krzysztof Kieslowski, Terry Gilliam, Robert Altman, David Lynch, Wim Wenders, Quentin Tarantino, Imanol Uribe o Juan José Bigas Luna. Era evidente que una brecha generacional me separaba de mi padre, quien tras escuchar aquellos nombres que no le eran familiares me reprochaba por no utilizar mi tiempo libre “para ver buen cine”. Por aquel entonces, mis encuentros con la cinematografía nacional eran igualmente desordenados y, desafortunadamente, menos frecuentes. Jorge Fons, Gabriel Retes, Carlos Carrera, María Novaro y Alfonso Cuarón, fueron algunos de los directores mexicanos cuyo trabajo descubrí también en ese momento.
Gradualmente, fui adquiriendo un especial interés por el cine político. El estudio del poder y el celuloide empezaron así a converger. Stanley Kubrick, Ken Loach, Oliver Stone, John Frankenheimer o Allan J. Pakula, se convirtieron en mis primeros e incipientes referentes. Cuando era posible, también usaba mi tiempo libre para redactar los primeros ensayos y reseñas sobre temas relacionados con mi carrera, mismos que empezaba a publicar de manera intermitente en diarios como el desaparecido Unomasuno, el antiguo Excélsior y la revista Este País. Con los pies sobre la tierra, blindado ante la ingenuidad y sin pretensiones de ninguna índole, enviaba respetuosamente aquellos textos a Mercedes, ignorando por completo si Gabriel llegaría a tener interés o tiempo para tan sólo leerlos.
Al finalizar mi difícil travesía en el páramo de las obligaciones académicas y haber obtenido finalmente mi título universitario, mis entusiasmados padres desearon organizar una pequeña reunión en casa para celebrar la ocasión. Álvaro acudió generoso al igual que la Gaba, con su habitual ternura. Carmen no pudo acompañarnos por causas de fuerza mayor. Aquella noche recibí dos regalos inolvidables. El monarquista bogotano me obsequió un ejemplar numerado en pasta dura, que correspondía a una edición limitada de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Por conducto de Mercedes recibí del noble arateco otro libro, también en pasta dura, de Vivir para contarla, que recién se había publicado. Ambos presentes llevaban en sus páginas iniciales, dedicatorias que sus respectivos autores habían tenido la gentileza de escribir para mí. Recuerdo aquellos mensajes con especial gratitud en mi corazón por la calidez que dejaron para siempre en mi alma. En el mensaje de Gabriel, escrito en tercera persona (expresión colombiana de afecto), había una parte de las líneas que, entremezcladas con sentimientos de incertidumbre, angustia, gratitud y optimismo siguen dando vueltas en mi cabeza casi a diario: “(…) con la esperanza de que la vida le sea menos dura de lo que suele ser (…)”. Creo que fue hasta entonces cuando, por razones que explicaré más adelante, todos los momentos pasados con aquel enigmático colombiano, cobraron finalmente un significado concreto.
Años atrás, el novelista que había querido ser cineasta supo de mi interés por el séptimo arte. Poco después, Mercedes comenzó a enviarme bolsas con DVDs que, en un gesto de inaudita generosidad, el también guionista había decidido prestarme de su propia colección de películas. En aquella gran lista de títulos recuerdo, entre otros, filmes como Seven Samurai (1954) de Akira Kurosawa, Psycho (1960) de Alfred Hitchcock, The Battle of Algiers (1966) de Gillo Pontecorvo, Midnight Cowboy (1969) de John Schlesinger y Babette’s Feast (1987) de Gabriel Axel. La selección de filmes siempre era diversa en cuanto a géneros, corrientes y directores, pero yo estaba consciente de que, de una u otra manera, ésta contaba con la aprobación del hombre que había estudiado en el Centro Sperimentale di Cine en Roma y trabajado junto a directores como Arturo Rípstein, Luis Alcoriza, Jaime Humberto Hermosillo, Felipe Cazals, Jorge Fons, Ruy Guerra y Tomás Gutiérrez Alea, entre otros.
El incansable escritor, quien junto con Julio García Espinosa y Fernando Birri fundó en Cuba la prestigiosa Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) hacia 1986, tuvo un vínculo adicional con mi padrino José Luis. En 1965, García Márquez había tomado el cuento En este pueblo no hay ladrones de su libro Los funerales de la Mamá Grande, para escribir un guión adaptado que fue dirigido por Alberto Isaac. El filme se convirtió en una película de culto, ya que en la misma aparecían el propio Gabriel, Cuevas, Juan Rulfo, Luis Buñuel, Leonora Carrington, Abel Quezada, Alfonso Arau, Carlos Monsiváis, los actores Rocío Sagaón y Julián Pastor.
En 2003, decidí cursar la maestría y el doctorado en Estudios Humanísticos que ofrecía el ITESM en el Campus Ciudad de México. Aunque para entonces mis intereses vocacionales estaban vinculados en parte a la sociología política, el estudio del poder a través de las narrativas cinematográficas era tan apasionante para mí como disfrutar filmes en general. No contaba con los recursos, el tiempo suficiente, ni el talento para estudiar cine o guionismo; disciplinas tan competitivas que, en ellas, la excelencia tan sólo cubre el promedio requerido para aspirar a sobrevivir profesionalmente. Fue por ello que decidí comenzar un proyecto de investigación para escribir una tesis doctoral sobre las potencialidades del cine (ficción o documental) como herramienta para el estudio sociopolítico de las narrativas históricas, utilizando perspectivas revisionistas críticas vinculadas a la ética aplicada. Desarrollé un manuscrito que dedique al estudio del poder y el cambio social vistos a través de la producción fílmica nacional contemporánea.
La tesis fue también la oportunidad que buscaba para empezar a conocer ordenadamente la historia de la cinematografía mundial. A pesar de algunas limitaciones inevitables logré familiarizarme con el Expresionismo alemán, el Surrealismo, el Realismo socialista, el Neorrealismo italiano, la Nueva Ola Francesa y, en el caso mexicano, con los inicios del cine mudo nacional, la “época de oro”, la posguerra, el desmantelamiento de la industria fílmica en los noventa y las principales temáticas sociopolíticas dominantes desde finales de los sesenta. Compré todos aquellos filmes que fuese necesario adquirir, reuní innumerables fuentes bibliográficas y, en la medida de mis posibilidades, busqué la asesoría que generosamente recibí de algunos realizadores e investigadores a quienes tuve la fortuna de conocer. Al mismo tiempo, tuve oportunidad de inscribirme al Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) para tomar un Diplomado en Apreciación.
En octubre de 2008 defendí la tesis doctoral y obtuve finalmente el grado correspondiente (la Maestría me había sido concedida un par de años antes, al terminar satisfactoriamente la fase curricular de los estudios que correspondían al programa). Envié con satisfacción un ejemplar del manuscrito final a Gabriel y Mercedes. La Gaba me solicitó otro más para Rodrigo, hijo mayor del ilustre matrimonio colombiano, quien radicaba ya en Los Ángeles. Mandé de inmediato una segunda copia a la residencia del Pedregal. Hace más de diez años que Rodrigo García comenzó una exitosa carrera en el cine y la televisión estadunidenses como productor, guionista y director. Things You Can Tell Just by Looking at Her (2000), Nine Lives (2005), Mother and Child (2009) o Albert Nobbs (2011), son sólo algunos de sus filmes más galardonados.
Por una serie de razones ajenas a mi voluntad, llegado el momento decidí que lo que quería hacer era demasiado importante para mí, al grado de estar dispuesto a subordinar la posibilidad de esa libertad a las exigencias y limitaciones que impone el cubículo de un profesor-investigador. Sería imposible no sentir un enorme respeto y admiración por el medio académico, allí me formé, es el lugar del cual provengo. En realidad, metafóricamente hablando, nunca lo he abandoné aunque no cuente con una plaza como docente. Sin embargo, también estaba consciente de que dentro o fuera de un recinto universitario, el hábito no necesariamente hace al monje. Da lo mismo si se trata de un interminable currículum o de la fama pública que brinda la proyección mediática.
No pretendía poner en papel ideas y reflexiones propias creyéndolas irrebatibles, pero tampoco buscaría la aprobación o el aplauso de los demás. Me habían entrenado para pensar con rigor analítico, para hacerme preguntas y tratar de interpretar el mundo en el que vivo. Nada de eso significaba repetir, sin cuestionamiento alguno, ideas que a su vez otros toman irreflexivamente de alguien más, olvidándose de que no existen las certezas. Mis únicos compromisos eran la inteligencia, la humildad, la autocrítica y el rechazo a la autocomplacencia. Continué con mi tema de estudio. En 2011 comencé a escribir y publicar ensayos sobre sociología del cine político. Decidí tener ideas propias sin dejar de escuchar a los demás, fue una decisión que me llevó a recorrer el camino menos transitado de todos los que pude haber elegido en algún momento de mi vida profesional. Un trayecto fuera del cual yo habría sido una persona totalmente distinta. He pagado un alto precio por ello, pero si tuviese que hacerlo otra vez tomaría de nuevo la misma decisión.
Mientras trabajaba en la tesis doctoral buscando cantidades interminables de información, encontré la ficha de una cinta llamada El año de la peste, que había dirigido Felipe Cazals en 1978. Me llamó gratamente la atención descubrir que Gabriel había escrito el guión de la película, realizando una adaptación a la novela de Daniel Defoe. La sinopsis era aún más interesante. A su manera, el argumento anticipaba lo que un par de décadas más tarde empezaría a ser un tema recurrente en el cine de suspenso o ciencia ficción anglosajón: la devastación mundial que ocasiona una pandemia fuera de control. Hoy día, este tipo de narraciones se encuentran ya en el terreno de lo factible. Durante mis clases de Diplomado en el CCC, uno de mis profesores fue el director de fotografía, guionista y director, Juan Arturo Brennan. En el transcurso de una conversación que varios alumnos sosteníamos con él mientras salíamos de clase me enteré que el propio Brennan había trabajado con García Márquez y Cazals en la redacción del citado guión; de inmediato, le hice numerosas preguntas sobre aquella experiencia. En 1980 El año de la peste había recibido dos premios en aquella categoría: el Ariel, que compartieron el Nobel y Juan Arturo; así como la Diosa de Plata, que le fue entregada a García Márquez, Cazals y Brennan.
Otra sorpresa ocurrió años después cuando vi el filme I Am Curious (Yellow) (1967) de Vilgot Sjöman, para escribir un ensayo sobre la socialdemocracia sueca y los conflictos políticos en aquel país. Aquella cinta experimental, mezcla de ficción y documental, narraba la vida amorosa de una desinhibida joven que, entre muchos otros, entrevistaba con su novio a Martin Luther King Jr. u Olof Palme. En aquella extraña máquina del tiempo aparecía también Yevgueni Yevtushenko en un encuentro literario, con el mismo idealismo y simpatía que pude observar en la sala de mi casa mientras él y Gabo habían conversado aquella noche en 1998.
En 1999 tuvo lugar una íntima comida familiar en casa de Álvaro y Carmen para celebrar el cumpleaños de Nicolás. El evento fue ideal para que los Mutis departiesen tranquilamente junto a Gabriel y Mercedes un día entero, intercambiando conversaciones, anécdotas personales e inmensa felicidad. Ambas parejas estuvieron acompañadas por algunos de sus hijos y amistades más cercanas. Mis padres y yo fuimos invitados aquella tarde en la que el Gaviero y su noble compañera compartieron con nosotros un momento único. Aquél fue, sin duda, el encuentro más inolvidable que tuve con el arateco. En medio de las conversaciones, lo que en realidad podía escuchar era la historia de la amistad y el afecto que el Gaviero y Gabo se profesaban mutuamente. Una historia llena de dificultades, sacrificios, incertidumbre, privaciones, marcada por exilios forzados y la contradictoria recompensa de la gloria literaria, quizás demasiado tardía en el caso de Álvaro. En las narraciones de aquellas batallas también alcanzaba a percibirse la calidez y la ternura de una vida familiar que ambos disfrutaron, así como la compañía de leales compañeros de viaje, amigas y amigos, que también se hallaban presentes aquel momento recordando años difíciles con la alegría de la justicia que ha triunfado sobre la adversidad.
Meses antes compré mi primer reproductor DVD. En el transcurso de una conversación que mi padre sostenía con Gabriel, le comenté entusiasmado al colombiano que yo había localizado un catálogo inmenso de películas en aquel formato y estaba comenzando a adquirir algunos títulos en internet para comenzar mi propia colección de filmes en versión digital. Le conté entusiasmado que acababa de conseguir Amarcord (1973) y The Nights of Cabiria (1957) de Federico Fellini. Él contestó con el mismo optimismo, afirmando que, en aquel momento, la gran ventaja de aquella tecnología era que ésta ya permitía conseguir casi todo. En otro momento, continuamos hablando sobre mi interés en la política italiana de la posguerra. Haciendo alusión a la inestabilidad parlamentaria de aquella nación y a los habituales escándalos de corrupción política, el patriarca de Aracataca nos confesó que le intrigaba como ese país había logrado sobrevivir sin un verdadero Estado.
Aquella sería la última ocasión que vi a Gabriel y conversé con él. Poco después comenzarían a llegar las mencionadas bolsas llenas de películas. Hace unos meses mi padre se refirió a un comentario que le hizo Gabriel esa tarde de 1999 en el cumpleaños de Nicolás, mientras discretamente me alejaba para que ambos siguieran conversando con mayor privacidad. Mi progenitor ignoraba que yo nunca alcancé a escuchar el momento en el que Gabo le dijo animadamente mientras me observaba: “A mi lo que me gusta es hablar de cine con éste”.
En esa reunión hubo un instante en que me hallé a solas junto al hombre que inventó Macondo, el lugar en donde hay mariposas amarillas. Me miró un instante preguntándome solidario: “¿Sigues con tus escritos?”. “Sí”, le conteste de inmediato, mirándole a los ojos con honestidad. Miró al infinito con sus lentes de pasta y asintió con la cabeza, haciendo con seriedad un gesto de aprobación al tiempo que decía: “¡Bien!”.